domingo, 1 de marzo de 2009

Confesión del coronel Capablanca al primer vigía de la noche

-Mirá flaco. Esto de escribir con palabras es muy jodido. El lenguaje es una cantimplora con el culo roto, apenas rinde para pedir leche y pan en el mercado o para pagarle el par de centavos al zapatero. ¿Vas de decirme que kilómetros enteros de línea nerviosa entran en veintisiete letras? Este español nuestro es la tía medio ciega que siempre nos regala camisas tres tallas más pequeñas para el cumpleaños. Sí habla, pero no dice. Es un dialecto torpe, renco, que unas cuantas cabezas calvas que se autoconsagran como eminencias modifican año con año. Esto del sujeto- predicado y la concordancia del sustantivo adjetivo es tan folclórico, tan sacado de dialecto pre-mesopotámico. Yo ya no escribo por eso flaco, porque si escribo yo, nadie entiende. Hay que traducirlo a la imagen de siempre, al símil de cada día. Es una estupidez esperar que cuatrocientos millones de hispanohablantes interpreten igual un par de líneas. Esto hay que hacerlo más intuitivo. Mirá la pintura, flaco. La escultura. La danza. La música. Son creación de golpe, espontánea. ¿Y por qué la literatura tiene que ser el patito feo, atada de pies y manos a unas reglas? A mí me hace felis la ese. Y vos escribís kerer con ka. Pero dejando esas formalidades, ¿por qué nos conformamos con mover un par de ligamentos a media garganta y afirmar, muy orondos y con la corbata bien ajustada, que nos comunicamos? Los primates se comunican con sonidos también. Es pura mediocridad. Y como hace doce mil y resto de años a algún sapo se le ocurrió la palabra escrita, nos llevó a todos en banda. Ahí sigue el digno homo sapiens, dependiendo de un paradigma verbal para darse a entender. Pero bueno flaco, igual no vas a entenderme y si trato de que usar palabras para que entendás dejo de explicarme. Buenas noches chavalo, a la una viene el reemplazo.