viernes, 12 de septiembre de 2008

Las Cartas de Agosto

"And the doors are open now as the bells are ringing out
Cause the man of the hour is taking his final bow
Goodbye for now."
Pearl Jam
El coronel abrió los ojos y encontró a agosto esperándolo. Estaba acostado en su misma cama, lo observaba con sus pupilas llovidas y el coronel se resignó otra vez a no estar solo. Todavía escurriéndose del sudor de la noche, pensó llevar las cartas ese mismo día para no alargar la espera. Pero el silencio de agosto le cortó limpiamente el impulso. "Todavía faltan trece días para poder largar este cabrón. Ya quisiera pasar todo agosto durmiendo, para que ya no me toquen sus pies fríos por la madrugada".
Las campanas del pueblo todavía no sonaban y sobre su cama, en los rincones que sobraban, se iba apelotando la claridad de la mañana. Harto del tumulto y con un poco de pudor infantil, saltó de la cama a treparse algo sobre los calzoncillos. Treinta y dos años de ser revolucionaro y todavía con la misma necedad cada mañana. Se ruborizó, pero logró vestirse con unos trapos viejos. Agosto seguía con su cara de resaca y la barba mal hecha. El coronel estiró sin interés las sábanas amarillentas, recogió la tinaja con el resto de agua de la noche anterior y se encaminó a desayunar.
La frugalidad fue la de siempre. Medio bollo del día anterior bañado con lo último de aceite de oliva. Se sentó a masticarlo despacio y entre bocados esperaba unos segundos a ver si agosto se iba, pero se cansó de esperar. Agosto no comería nada, nunca desayunaba. Aburrido, el coronel comenzó a cazar una por una las boronas que habían escapado, hasta que la mesa quedó impecable. Después no supo que hacer.
Agosto seguía en el cuarto cuando regresó, aunque ahora estaba desparramado en una gastada silla de madera. Lo miró unos segundos y el coronel pensó que si agosto hubiera sido un número, sería primo. Le agradaba, pero había veces que su mirada caída lo sofocaba y además estaba lo de las cartas. Ella le había dicho que cuando llegara setiembre, que a agosto ni lo iba a notar. Pero él sentía que se le iba el aire cuando estaban en la misma pieza.
Se sentó en la cama, mirando por la ventana, buscando el mundo entre las chozas del pueblo. O esperaba alguien que llegara y le dijera una palabra, la que fuera. Fangoso, carcajada, cuando, tenedor. Solo quería que le dijeran algo, porque agosto no hablaba nada y estaba cansado de sentirse tan solo estando con alguien.
-Ella dijo que setiembre, ella me lo dijo.
La cama estaba todavía mojada por el calor de la madrugada y el coronel se levantó para que pudiera secarse. Dio un par de vueltas entre el cuartito donde dormía y la minúscula cocina mal equipada, hasta que volvió a sentarse en la cama. No podía creer que todavía faltaran trece días, ni sabía donde iba a meterlos. Bajo la cama estaba la cajita de madera donde guardaba las cartas y no pudo resistir la diaria tentación de abrirla para leer trozos. El permiso se lo autoconcedió sin mayores trabas: no podía negarse su única actividad del día.
La primera que encontró estaba fechada siete de agosto, con una letra menuda y con cara de culpa. Comenzó la lectura a mitad de la carta.
No sé sinceramente por qué escribo esto. Tal vez sea un intento subcosciente de sentirme menos culpable (he fallado magistralmente), pero creo que de paso me sirve para decir un par de cosas que dejé por ahí.
Agosto lo miró durante un segundo como compadeciéndose de él y se sumió otra vez en sí mismo. Era de una sinceridad brutal. Le daba gracia ese proyecto suyo: escribir decenas de cartas que nunca le daría, porque ella nunca debía saber que todavía. O tal vez cuando setiembre y entonces... Otra que agarró, con una caligrafía menos dolida, correspondía al doce de agosto y el párrafo era de los último:
Concluí que hay demasiados libros y muy poco tiempo para leeros. Y también concluí que me gustaría estar acostado con vos, viendo una gotera en el techo, o un árbol por la ventana, o esos puntitos negros que hay en el aire.
"Soy un bruto" dijo, porque fue lo primero que le llegó a la mente. Agosto no dijo nada, otorgó cortésmente con su silencio y el coronel se rió. Por un día eran suficientes cartas leídas y todavía era temprano para sentarse a escribir otra, entonces las guardó en la cajita y la empujó con el pie bajo la cama. Lo de la carta lo rumió un rato, dejando que las palabras se enlazaran y encontraran su sentido. Ya no le importó que la cama estuviese mojada, ni que agosto con sus treces días aún estuviera ahí. Solo pensó.
Un golpe en la puerta torció el silencio de la choza. Primero pensó en el Ejército, que lo había encontrado y se lo iba a llevar. Pero no podía ser. ¿Y ella? Agosto también pensó lo mismo porque desde su esquina estiró el cuello para poder asomarse a la puerta, temeroso que lo fueran a despachar trece días antes de cumplir su plazo. El coronel se acercó, quitó la tranca de aluminio y abrió la puerta hasta el ancho de un ojo. Afuera lo esperaba, vestido con su eterna camisa blanca, el comandante Feliciano López.
El coronel se sorprendió que el comandante tocara su puerta y el comandante no entendía los años que se habían empotrado en la cara del coronel. Pero se reconocieron.
-Henrique, volvió. Dice que vayamos por la costa y él se hace cargo de la capital.
-¿Ya?
-Sí. ¿Qué más tenés que hacer? Traé la capa y nos vamos.
El coronel se volvió hacia la esquina donde agosto esperaba ansioso sobre la silla y casi invita al comandante a pasar unos minutos para pensar con calma. Pero sabía que le tocaba, desde hacía treinta y dos años que la desición ya no era suya.
-Dame un minuto y salgo.
Volvió a su cuarto y pensó armar un rápido equipaje para la travesía. Agosto lo miraba con ojos escépticos, como si todo se tratase de un sueño de mal gusto. El coronel no supo como explicar. Garabateó unas palabras en un papel, firmó con fuerza y lo dejó sobre la cama. Hizo un rápido inventario mental y se dio cuenta que no tenía mucho que pudiera llevarse, entonces metió el frasquito de canela y sus pocos trapos en un bolso, se colgó la capa blanca y salió de la casa.
Cuando cruzaba la puerta, agosto se levantó de su silla y gruñó algo que sonaba a súplica y a amenaza. El coronel se sorprendió, pero no podía esperar más.
-Vas a tener que dárselas vos. Por ahora dale la nota.
Y se fue con el comandante Feliciano López. En el pueblo había corrido la noticia de que habían llegado a buscar al coronel para volver a la lucha y todas las puertas del pueblo se abrieron a para verlos pasar. Ellos saludaban con timidez y seguían su camino, porque nunca pudieron manejar la fama.
La única casa que no abrió las puertas fue la de ella. Supo hasta los calores de la tarde, cuando se encontró a agosto en una hamaca de su cuarto y vio sobre su cama una nota con garabatos vagamente familiares. Consultó con agosto y se acercó a la nota para leerla. Decía: "Adiós, por ahora".

El comandante en la casa al lado del mar

El comandante se echó de nuevo en la hamaca. La mañana estaba despertando con él, agarrándose de las olas para subir hasta el cielo. Ya se habían acostumbrado a levantarse juntos. Casi siempre ella alargaba uno de sus muchos brazos hasta el hombro del comandante para que abriera los ojos, pero había días que se atrasaba. Entonces era el comandante el que tenía que chiflar en dirección al mar, para que la mañana se acordara que debía salir. Pero ese día estaban despertando juntos; la mañana buscando nubes sueltas para agarrarse de ellas y el comandante estirándose en su hamaca blanca.

La señora ya estaba acostumbrada a esta complicidad entre la mañana y el comandante. Le gustaban los días que la mañana no salía, porque entre las cortinas de su cuarto espiaba al comandante llamándola con un chiflido largo. No era como el amo que llama al siervo, sino como una serenata al balcón: como un llamado de enamorado.

Pero lo que más le gustaba era como se veía el comandante cuando se paraba en el balconcillo que daba al mar, todo vestido de blanco y su silueta dibujada cuando la mañana comenzaba a despabilarse. Le parecía que era el comandante de siempre, el mismo de la Revolución, de la Sierra Oriental, del monumento que ya no estaba en el Paseo América.

Pero de pronto, la mañana se abría como un abanico y no era más que un hombre canoso, el mismo que se avergonzaba de haber logrado escapar el 21 de julio y vestía las camisas de un hombre difunto. La mañana veía a la señora a lo lejos, pero nunca le dijo nada al Comandante, porque sabía que ella ocupaba verlo así de vez en cuando tanto como él ocupaba su hamaca blanca amarrada al palo de marañón para ser feliz.

Ese lunes de julio, la señora entonces se atrevió a ponerle un poco de canela al café, para ver si el comandante todavía se acordaba. Pero antes, se armó con un poco del valor que había venido ahorrando y fue soltando las palabras una a una, con cuidado. “Comandante, ¿para qué vino?”

El comandante sonrió con tristeza, porque sabía que la señora no quería hacerlo sentirse mal y de todas las cosas que le vinieron a la mente, dijo la que le pareció más sensata:

–Por las estrellas


Los lunes, el comandante bajaba hasta la playa. Se distraía contando las conchas en la arena. Siempre prefirió las blancas, le parecían más elegantes, más sutiles, más señoriales. Cuando andaba de humor, recogía una para llevársela a la señora, que las guardaba en un frasco de mermelada que tenía en el comedor. Llegaba diciendo: “Hoy vi veintitrés conchas blancas, aquí le traje una”. Y la señora sabía que el comandante nunca le llevaba las más lindas, porque las dejaba para seguir viéndolas todos los lunes, pero no le importaba.

Buscaba las conchas porque le recordaban las estrellas. Cuando encontraba una que no era blanca, la tiraba lejos hacia el mar, porque así le parecía que la playa se veía más hermosa. Casi siempre caminaba toda la playa, hasta el fondo, donde había una caída de agua pequeña.

Pero el segundo lunes de julio el comandante que caminó la playa no era el mismo. Apenas levantaba la vista de la arena, y la mañana y las conchas estaban un poco preocupadas por él. Llegó hasta el fondo de la playa y se sentó a mirar al chorrito con su paz de siglos y siglos.

-Hoy la señora le puso canela al café

Le hablaba al chorrito porque no tenía nadie más a quien hablarle. Con el tiempo, se había acostumbrado a entenderse solo, al punto que ya casi nadie más lo podía entender. Pero a la caída de agua no le importaban esos asuntos de comandantes y estrellas, ya ella estaba hastiada del mundo. Lo siguió arrullando por costumbre, mientras goteaba a pocos su canción, pero no le dijo nada más.

El comandante apenas logró levantarse de tanta soledad que le inundaba el cuerpo. Cualquiera lo hubiese confundido con otro peñasco de piedra caliza, todo vestido de blanco e inmóvil. No supo que más decirle al chorrito, porque lo había dicho todo. Tendría que seguir buscando una estrella para guiarse. Regresó cabizbajo hasta la casa al lado del mar, sin contar las conchas de la arena, sin despedirse del chorrito y sin pensar en las estrellas que lo habían abandonado por miedo al Libertador.

Cuando volvió, la señora lo encontró más flaco. Al subir las últimas gradas que comunicaban con la playa, el comandante tuvo que apretarse el fajón porque se le caían los pantalones. No habló de conchas ni de chorritos, porque no tenía ganas de hablar de nada; la melancolía le había perforado hasta el acento. Se fue a acostar en la hamaca blanca, ajeno a la mañana y al mundo, sin preocuparse de sus tazas de café con la señora, para intentar soñar con las estrellas.


El comandante soñó como hacía meses no soñaba. De hecho, desde que capturaron al coronel Henrique Capablanca aquel 21 de abril se le había olvidado soñar. Y no le molestaba, porque se ahorraba lágrimas. Pero la señora había llegado en la mañana con el café cargado de canela y ese lunes de julio soñó con la Sierra Oriental.

Ahí estaba el coronel Henrique Capablanca, sentado jugando naipes sin saber que lo irían a capturar. También estaba el comandante Jose Fabio Vivanco, cuando todavía era joven y empuñaba los fusiles, sentado junto al capitán Claudio del Barco, que tocaba la guitarra. Hasta estaba sentado el coronel Octavio Sabaté, años antes de que los traicionara y se nombrara Libertador.

Se sentó entre todos y les habló como en los viejos tiempos, sabiendo que solo él sabía que nada de eso era real. Sabía que nunca más volverían a hablarse así, porque el coronel Octavio Sabaté los había traicionado, porque ni un Capablanca sobrevivía a las celdas de Santa Clara, porque no sabía nada del comandante Jose Fabio Vivanco y porque el capitán Claudio del Barco nunca dijo si regresaría. Le dieron ganas de llorar amargo, pero todos reían alrededor suyo. Entonces rió también y rieron juntos los Cuatro Grandes por última vez en el tiempo.

El comandante chupó duro el habano y se sintió vivo de nuevo. Le pasaron una taza de café con canela, como la hacían en los viejos tiempos y casi la rechaza. Pero se dio cuenta que en el sueño, él estaba en los viejos tiempos con todos sus compañeros y la abrazó entre sus manos y olió con cariño y melancolía esa taza humeante. Con cada sorbo se sentía más triste, porque sabía que al despertar lo recordaría todo.

Entonces se dio cuenta que estaban jugando cartas a la luz de las estrellas. Las vio a todas regadas por el cielo, amontonadas en constelaciones y nebulosas, brillando como no volverían a hacerlo en mucho tiempo. Y supo que era el único de todos los que otrora se sentaran en la Sierra Oriental que hoy podía hacer algo.

El coronel Henrique Capablanca tomó entonces una carta del mazo y rumió un rato su suerte. Después volvió a ver al comandante, que estaba a su derecha, y le dijo lo mismo que le dijo cuando se lo llevaban a lo lejos el 21 de abril:

-Te toca a vos


El comandante había llegado una noche tranquila. La señora estaba sentada, tan sola como siempre, chorreando el café de las ocho y apenas iluminada por la llamita de la candela que se mecía con el viento.

Llegó por la parte de atrás y cuando tocó el marco de la puerta murmuró un “Ave María Purísima”, para que supieran que era alma cristiana. La señora lo escuchó y solo eso la sostuvo en su silla cuando vio el comandante que cargaba su silvestre barba de semana y media y su camisa percudida por los días.

Se plantó con timidez en la entrada de la cocina y ambos quedaron mirándose como aquellos que nunca se han visto pero saben que se conocen desde antes. Entonces la señora dijo con esa voz cansada que solo muchas derrotas pueden educar: “Usted es el comandante”. Y él recordó que era el comandante. Se vio todo mancillado y sintió un poco de pena, mitad por verse vestido y mitad por ser el comandante y llegar vencido a esa casa al lado del mar. “Ocupo una camisa blanca” dijo, y la señora entendió. Le preparó el baño y la vieja navaja de su esposo, para que pudiera soltarse esa barba que ya comenzaba a arrastrarle las ojeras.

Desde esa noche había vivido en la casa al lado del mar. Dormía en la hamaca blanca amarrada al palo de marañón y todas las mañanas vestía las camisas blancas que habían sido de José Ortuño, primer revolucionario del país. “En paz descanse, don José” decía cuando sacaba una camisa del ropero de caoba. Y olía con tristeza el cigarro de la victoria que el general Ortuño nunca pudo prender.

Apenas lo levantaba la mañana, se bañaba y se ponía una camisa blanca. Saludaba con un “Buenos días señora”, y juntos se sentaban a tomar la primera taza de café. Cada día se tomaban tres tazas puntuales, y los días que el invierno jugaba con su paciencia, se aventuraban hasta la cuarta.

Pero el comandante nunca quiso ir más allá de la casa al lado del mar, con su hamaca blanca y su diminuta cocina. Todo era a su medida. Las grandes mansiones eran para los comandantes laureados y los grandes políticos y él no era nada de eso. Solo era un pobre revolucionario sin revolución, que dormía en una hamaca blanca y todas las noches se quedaba un par de horas viendo un cielo que nunca, nunca tenía estrellas.


Se despertó otra vez al lado del mar. Una lluvia melancólica tamborileaba a duras penas contra el tejado de la cabaña, desgarrando el silencio que respiraba la noche. Estaba empapado, hecho un capullo en su hamaca blanca y temblando un poco de frío y otro poco por las palabras del coronel.

Se quedó despierto todas las horas de oscuridad, esperando algo que no sabía que era. Cuando pasó la lluvia, se fue a mirar al mar, porque no se aguantaba acostado un segundo más. El cielo estaba despejado, no había nubes ni luna, pero tampoco se asomaba ninguna estrella a alegrar la noche. No había olor a habanos, ni a canela, ni a comandantes.

“Tal vez ya no sea un revolucionario” pensó amargamente el comandante. Y se vio a sí mismo: un hombre acabado, que vestía las camisas blancas de un difunto, que contaba las conchas blancas en la arena y despertaba a la mañana cada par de días.

Deprimido, pensó en el coronel Henrique Capablanca, capturado el 21 de abril. Allá debía estar en las celdas de Santa Clara, solo como la muerte. Y no quedaba nadie. El capitán estaba todavía descubriendo islas y mundos más allá de las fronteras y el comandante probablemente había caído en la capital. Solo estaba él esperando las estrellas en una casa al lado del mar. Suspiró con toda la resignación que pudo.

-Con o sin estrellas, me toca a mí.


Al día siguiente, muy temprano, se puso la camisa blanca del difunto José y se calzó sus viejas botas de guerra. Se afeitó como lo hacía antes, dejándose las patillas largas y guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta el cigarro de la victoria del general Ortuño y en otro su pañuelo blanco, pero no se miró al espejo para no desanimarse.

Volvió a su hamaca blanca y le cantó algo muy dulce en voz baja, para que solo ella la oyera y supiera que aunque se fuera la amaba. Después se volvió hacia el mar, donde la mañana lo esperaba inquieta. Pero el comandante sonrió y tras inflar el pecho, chifló largo como nunca había chiflado, para que la mañana pudiera oírlo por siempre. Y tras unas palabras cariñosas, le prometió volver.

Encendió la cocina y le preparó el café a la señora, que venía de levantarse. Se sentó con ella a tomarse el café, y fue a buscar la canela para ponerle dos buenas cucharadas a su taza humeante. La señora lo miró con su cara de seriedad catedrática y el comandante tuvo miedo que le fuera a reclamar algo.

Pero la señora se acercó y le arregló el cuello de la camisa, que tenía desacomodado. Le pareció otra vez gallardo y apuesto, y le desempolvó los hombros de su chaqueta militar. Hasta le encontró de nuevo esa mirada de vencedor eterno que las semanas habían sepultado.

Juntó sus manos con alegría infantil bajo su barbilla y le dijo con una chispa de esperanza en los ojos:

- Usted es el comandante.

Jaque Mate, Mario

Mayo 2007


-Capitán, don Mario todavía sigue muerto. Yo le aviso si uno de estos días pregunta por usted.

El Capitán se asomó por sus gafas antidiluvianas algo decepcionado, pero lo aceptó como aceptaba todo y siguió con paso lento hacia la tumba de Mario. Ni le agradeció al guarda del gorro azul, ni le aceptó su oferta de acompañarlo. El camino lo conocía de sobra. Década y tanto de visitas a Mario le habían enseñado que los cementerios son museos perfectos: nadie mueve de aquí para allá las lápidas con sus blancos querubines. Acaso a veces eran renovados con un estilo macabro, cuando una caravana de llorosos a acomodaba un nuevo inquilino. Pero mientras afuera el mundo se desgarraba a sí mismo, el camino hasta la lápida de Mario seguía impecable.

“El polvo siempre será polvo” hubiese dicho Mario. Siempre tenía esas frases bíblicas a mano. Las iba escupiendo a discreción, cuando le parecía que cabía una y no había día que se salvara de sus refranes masticados hasta el cansancio.

Así se divertía en las partidas del primer martes del mes, mientras el Capitán pensaba su jugada. Mario movía rápido y se ufanaba de su prisa de aeropuerto, pero el Capitán había aprendido a pensar antes de actuar, de modo que recibía periódicamente pequeñas dosis de sabiduría pagana que el ingenio de Mario inventaba al vuelo. “El río perezoso nunca conoce el mar” o “Si los burócratas iniciaran una religión, te elegirían como su dios”. Los dos sabían que eran bastante malas, pero a ninguno le importaba realmente; Mario las decía para distraerse y el Capitán nunca llegó a oírlas.

Pero ese día en el cementerio, mientras buscaba a Mario, deseó haber puesto atención. “Has estado muy callado en esta última partida, Mario” pensó, “¿Será que ya te parece normal dieciséis años para una movida?”

El Capitán llegó temprano el jueves, para visitar a Mario con sus tres metros de tierra descansando sobre su pecho. Mario se sorprendió, porque el Capitán llegaba puntual los martes y los viernes. Hasta llegó a preguntarse si en realidad era jueves, porque con los años las costumbres son como el sol en la mañana. Pero más se había sorprendido el Capitán cuando vio a Mario a lo lejos. Parado allá, como si no debiera estar muerto, recogiendo las hojas que caían desde las jacarandas a hacer el amor con el pasto. Más humano y tangible que nunca, descansando sobre una lápida colosal, comprándole un poco de aliento al deber.

Se acercó con un gozoso “¡Mario Tamudo!”, y después no lograba entender las palabras del guarda, que respetuosamente se había quitado el gorro para intentar enmendar la situación.

El capitán no se había desilusionado tanto desde hacía muchos años, cuando aquellos muertos en las Catacumbas de Catalpa se negaron a hablarle. Pero siguió impasible hasta la tumba blanca de su amigo y bajó del jacaranda la silla plegable. Se sentó a su lado, como si no fuera jueves, hablando de lo mismo de todos los días: el gobierno corrupto, las promesas literarias, los nietos…

Los primeros meses, Mario le respondía de vez en cuando y para el Capitán bastaba. Pero siempre era lo mismo y Mario quería descansar, al menos ahora que estaba muerto. Cuando el Capitán se encontró hablando solo un día, apenas pudo encoger los hombros filosóficos. Llorando un poco porque entendió que el silencio era su condena a la soledad, siguió hablando solo, imaginando lo que hubiese dicho Mario.

Todos los martes y viernes de los últimos años había hecho lo mismo, garabateando las líneas de Mario en su cabeza. A veces creía escuchar una risa apagada a media anécdota, pero nunca supo con claridad si era real. Así sobrevivía el Capitán, con este diálogo a una voz.

-Ayer volví a ganar la partida del día que te mataron.

Aunque el Capitán creyó escuchar un tímido suspiro de alivio, Mario parecía no había respondido nada concreto. Sin embargo, el Capitán sabía que jamás lo hubiese aceptado hasta que las pruebas fueran irrefutables.

Mario Tamudo, el soñador, el altivo, el siempre triunfante, el presuroso, nunca hubiese aceptado la derrota. “Lo sé, Mario, pero así son las cosas” pensó el Capitán. Se arrugó un poco al asimilar que se acababa la partida, porque él tampoco se quería que acabara.

No había duda, por más que se hubiese afanado en hallarla. La noche que reencontró la movida, se había llevado la mano a la cara, buscando sus anteojos para limpiarlos. Los años, especialmente aquellos en que los políticos hacían su campaña, lo habían teñido un poco de cinismo.

Pero puestos de nuevo, el tablero seguía igual. Había examinado con ojos cansados cada ficha, hasta que terminó convenciéndose que todo estaba en orden. “Dieciséis años, tal vez haga récord mundial” pensó. Pero recordó la famosa partida que duró 21 años en un café de San Petersburgo y se conformó con pensar en el récord nacional.

-¿Quién lo hubiese dicho? El río sí llegó al mar.

Pero el Capitán no quería que acabara así tan insípidamente. La verdad es que no quería acabar la partida estando solo, así que no movió el caballo a E6. De hecho, no tocó ninguna pieza. Era la última conexión con Mario. Recordó de golpe aquella bolsita gris que Mario le había regalado setenta y tantos años atrás, con treinta y dos fichas adentro. “Cuidálas y respetálas. Estas saben más que nosotros” le había dicho.

-¿Sabés? Terminar esta partida me va a matar un poco.

Al recordarlo, las manos se le movieron inquietas por la boina gris. Las calmó dejándolas que le llevaran un habano a la boca, de los mismos que le gustaban a Mario. Había dejado uno a medias el día en que lo mataron. Le ofreció uno y como Mario siguió como ausente, supuso que allá donde estaba había mejores puros.

Esos habanos eran uno de los malos hábitos revolucionarios con que el Capitán había contagiado a Mario. El primero con los habanos fue el coronel Henrique Capablanca y de ahí para abajo todos los guerrilleros se encontraron de pronto con un puro en la boca. A ninguno lo mató el cáncer, como se dijo después, y el capitán, el último de todos, siguió fumándose las viejas historias a los ochenta años.

-Mario, no es justo.

Mario no debía de estar acurrucado en su cajón de roble, ni él debía de estar en una silla plegable bajo el jacaranda. De hecho, él debió haber muerto hace muchos años. Lo habían decidido todos juntos muchos años atrás, allá en su pueblito, cuando habían hablado del orden en que morirían. “Quiero ser el primero, para hablar con San Pedro y decirle maldades de todos ustedes” había dicho entre risas el Capitán. Pero uno a uno, había cargado con todos sus cuerpos en sus nidos de madera.

El día que mataron a Mario, estaba enfrascados en su partida del primer martes del mes. Estas partidas eran legendarias. Decían que una vez el Capitán dejó al teniente Silvano Dobles a cargo de un sitio, porque tocaba la partida con Mario. Pero ese día, ya el Capitán no era más que un veterano oxidado, con un monumento al final del Paseo América y un desfile el día de San Casimiro.

Le tocaba mover y lo atacaba uno de sus “estreñimientos mentales”, como decía en broma Mario. Por eso, cuando llamaron a la puerta, Mario se ofreció a abrir. “Usted haga lo que pueda, maestro. Yo atiendo” había dicho, buscando el camino hacia el portón de entrada.

Según testigos, un muchachillo imberbe vestido de café le había dado un paquete pequeño, envuelto en celofán blanco. La explosión en medio del gran patio español apabulló el grito triunfal que el Capitán soltó desde el cuarto de ajedrez. Encontró el mate justo cuando estalló el paquete. Lo único que quedó de Mario fue el medio habano que se estaba fumando en la partida.

El joven de café se entregó cuando leyó al día siguiente que había matado a Mario. Una vez en la comisaría, explicó que se había confundido de hombre: su plan era asesina al Capitán. Al saber esto, el Capitán pidió que no se levantaran cargos. Sabía que la angustia de un asesinato equivocado lo iba a atormentar más que unos años en Santa Clara.

Cuando regresó del funeral, cerró con llave el cuarto del ajedrez sin atreverse a acordarse del mate planeado. Quince años después, encontró las piezas tal como habían quedado la tarde que mataron a Mario. De casualidad, se había topado con la llavecita del cuarto olvidado cuando buscaba una moneda del Perú colonial. Pero salió espantado cuando se topó con el medio habano que seguía intacto.

Solo un par de meses después se planteó seriamente resolver la partida. Aunque no recordaba como ganar, sí se acordaba claramente que en algún momento lo había logrado. Durante dos meses comió, durmió y vivió en el cuartito del ajedrez, porque algo le decía que Mario ocupaba terminar la partida. Hasta que una noche, mientras la lluvia cantaba a coro con su techo de zinc, encontró la manera.

-Mirá, Mario. Hasta traje el tablero.

Y ahí estaba el tablero, igual que hacía dieciséis años. Las fichas, elegantemente enchalecadas de polvo, esperaban la orden de avanzar hacia la conquista, con el profesionalismo digno que solo dos ejércitos de caballeros podrían conocer.

Mario vio el tablero posado sobre él, y le entró un retortijón traicionero en el pecho frío. Pero se mordió los labios muertos para no decir nada y el Capitán interpretó el silencio como un reconocimiento de su derrota. El tablero estaba sobre la lápida blanca y entonaba perfectamente su colorcillo a tiempo y años con el ambiente inmutable del cementerio. Y el Capitán finalmente comprendió que lo único que le faltaba en la vida era mover ese caballo negro. Miró la partida con un poco de nostalgia, sin poder evitar sentir que moría un poco.

El caballo avanzó humildemente hasta E6, y el Capitán creyó ver la mirada de Mario en los ojos ciegos del Rey blanco. Cuando volvió a ver ya no estaba.

-Jaque mate, Mario. Más a mí que a vos.

La trepadora del Coronel

Abril 2007


El coronel tenía una humilde trepadora en su celda. Era una planta pequeña, pero tenaz, que luchaba a muerte con cada día para abrirse paso hacia el mundo. La regaba en la mañana y en la noche, con el agua que podía rescatar de la voracidad de su sed. La planta era agradecida y lo recompensaba de vez en cuando con una hoja nueva o un esfuerzo por crecer un par de pulgadas.

Algunos dicen que fue gracias a esa planta que el coronel mantuvo su cordura. Él mismo le decía a Hugo Moncada, un viejo conocido de la revolución, que la planta era como un pariente lejano. “Mirála Hugo, ¿la ves como busca el sol que entra a pocos? Es como yo.” Y se embolsaba una sonrisa en la cara. Hugo sabía que era una sonrisa fraccionada; mitad de orgullo por su trepadora, mitad de nostalgia por las que había visto de chiquillo en el jardín de su abuela. El coronel hablaba de esas trepadoras con sus manojos enormes de flores anaranjadas. A veces mencionaba unas que tenían pequeñas flores moradas, como moretes, pero esas le costaba mas recordarlas. Ahora solo tenía su tímida escaladora y el calor agobiante que se colaba por la ventana.

La pequeña trepadora iba con su andar de alpinista, pero lenta como el tiempo. También se iba deslizando en la mente del coronel. Él se dio cuenta un martes, cuando despertó a media noche sudando frío. Había tenido una pesadilla donde el celador hallaba la planta en su escondite tras la repisa y la deshojaba. Se levantó maniático a contar las hojas verdes y las nombraba de acuerdo al mes. 1,2,3 de abril. 1,2,3,4,5 de mayo… Hasta que contó las 27 se pudo dormir de nuevo.

La trepadora sabía lo que pasaba cada madrugada cuando arrancaban al coronel de su cama. Entonces se afanaba por lucir más bella para poder complacerlo cuando él volviera del salón de tortura. Pero el coronel llegaba exhausto de las sesiones y no tenía fuerzas para mover la repisa y saludarla. La planta entendía, porque sentía el aire vibrar de la angustia que encerraba el coronel derrumbado en su catre.

El coronel había sido un joven revolucionario. De tanto ser sumergido en agua fría tenía el pelo desteñido. De pasar horas aguantando interrogatorios se le habían instalado unas arrugas en la cara. Solo había mantenido su eterno abdomen como escondiéndose. Siempre decía que la dieta del revolucionario era tan mísera como la del preso. Se lo decía a la trepadora, porque ella escuchaba callada y parecía sostener en sus hojas una mirada de complicidad. “Vos entendés, ¿verdad? Esas cosas de poco alimento son casi familia nuestra”.

El gobierno del Libertador sabía que el coronel pertenecía al Estado Mayor revolucionario. Sabía que había liderado la columna principal en la Revuelta del 21 de abril. Sabía que el coronel guardaba tras esas cejas amplias muchos secretos. Y con una puntualidad temible, cada madrugada se lo llevaban para intentar extirparle claves y nombres que no lograban conseguir.

La madrugada del jueves 23 de agosto, la trepadora se despertó como de costumbre, a esperar al celador que no fallaba. El coronel le robaba los últimos minutos a las sábanas. Se escuchaba a lo lejos el ronquido tosco de los reos. La noche era la hora favorita de la trepadora. El aire perdía esa asfixia sofocante, porque cada preso olvidaba sus temores, su dolor, sus penas. Todos se entregaban al ebrio delirio de los sueños. Y así sucedía cada día, hasta que el carcelero llegaba a ladrar como loco y arrancar al coronel de su cama.

Pero la madrugada del jueves 23 de agosto la trepadora, desde su rincón oscuro tras la repisa, sintió que algo había cambiado. No llegó nadie a llevarse al coronel de su catre. No se escucharon pisotones apurados en los pasillos. La cárcel continuó su sueño, y también la trepadora volvió a su propia existencia, donde la oscuridad de su escondite la esperaba para seguir durmiendo.


El coronel no era un hombre tonto. Era más bien, un hombre bastante culto, que practicaba el inglés y el alemán. En la cárcel, para no perder el idioma, enseñaba el alemán a poquitos a Hugo Moncada. El inglés lo practicaba con la trepadora, que no entendía esa pronunciación arrastrada del coronel. Aprendió el alemán porque alguien le dijo que era el mejor idioma para la poesía. A veces, estiraba unos versos al aire, para complacer a la trepadora. A ella le gustaban esos poemas del coronel, con su rima hermosa al final de cada verso, como una cola de quetzal.

El coronel había conocido muchos libros. Uno de los libros que había leído era “Las mil y una noches”. De ahí se inspiró para hacer de Scherezada. Sabía que podría aguantar un año en el Penitenciario si diluía la información que tenía. Así comenzaba con pequeños fragmentos que dejaba inconclusos al finalizar una sesión. La trepadora no entendía esa estrategia del coronel, que igual sufría horriblemente cada madrugada, pero no preguntaba y se limitaba a escuchar y crecer para deleitarlo. El coronel fue tejiendo para sus captores una novela complicadísima. Cada cuatro o cinco sesiones, revelaba un poquito de información, pero de pronto se detenía como si hubiera enmudecido y no lograban arrancarle nada más. En esto el coronel fue más inteligente que otros de sus compañeros revolucionarios. El teniente Silvano Dobles había sido engañado. Le habían prometido que si hablaba lo liberaban, y habló. Unos días más tarde, una vieja que lavaba sus ropas en el río gritó horrorizada al ver un cadáver flotando acercarse a ella. Era el teniente Silvano Dobles, el cual ya no era de utilidad para el gobierno del Libertador. Así como el teniente Silvano Dobles, muchos confiaron ilusamente en las promesas de sus captores. Pero el coronel no desesperó, porque tenía una ventaja que no tenían los demás cautivos: no estaba solo, porque la trepadora lo escuchaba y se dolía con él.


Muchas veces el coronel había creado y recreado el día que acabaría la vida en la cárcel. Su familia lo esperaba en la entrada de la prisión. Habían escuchado en Radio Universal que el movimiento revolucionario había logrado ocupar el Palacio Presidencial. Las calles de la ciudad se reactivaban perezosamente al ritmo de los “¡Viva el comandante Feliciano López!”. La esposa del coronel, que conocía al comandante Feliciano López, iba a pedirle que atacara la cárcel y liberara a su esposo.

Un par de columnas a cargo del capitán Claudio del Barco eran enviadas al Penitenciario de Santa Clara y su orgulloso fortín caía en catorce minutos. Apenas escuchaba el lejano murmullo de la batalla, soltaba suavemente la trepadora de la pared y la acurrucaba en su pañuelo y con paso elegante encabezaba la columna de presos hacia la salida. Cuando los revolucionarios entraban al patio principal, encontraban a los reos alineados, saludo en mano, esperándolos. A la cabeza aguardaba el coronel, con su trepadora en un pañuelo blanco.

El capitán Claudio del Barco y el coronel se saludaban como viejos amigos que eran, y el coronel le colgaba un abrazo en los hombros. Se habían conocido desde chiquillos en su pueblo, donde junto con el comandante Feliciano López, soñaron en tener grandes desfiles y un monumento. Y ahora se reencontraban después de años de no verse.

La trepadora esperaba paciente en su improvisada cuna, mientras el coronel saludaba a su familia. En el trayecto a casa, él la rociaba con gotitas de agua que robaba a la lluvia. Hasta el clima parecía alegrarse, y las nubes regalaban una chaparrón amigo, que acariciaba la mano en carne viva del coronel.

Así se imaginaba el coronel que sería el día que la revolución venciera. Le había relatado muchas veces esa historia a su trepadora. Todo ya lo tenía planeado. Sabía que los soldados llevarían el uniforme azul noche de la revolución. Podía ver los años apiñados en arrugas sobre la cara del capitán Claudio del Barco. La trepadora escuchaba atenta, y se iba formando árboles genealógicos mentales de la familia del coronel, y sentía que el comandante Feliciano López era un viejo conocido, como Hugo Moncada o el puntual carcelero.

Fue por eso que la madrugada del jueves 23 de agosto, la trepadora, con sus veintisiete hojas y sus seis meses de vida, creyó que había llegado el día. El coronel también soñaba en su catre con la liberación. Arropado por la quietud de la cárcel, esa madrugada el coronel pudo disponer de calma para fantasear. Pero ni la trepadora se hubiera replegado a su rincón tan tranquila ni el coronel hubiera podido seguir aplanado en su catre si hubieran conocido la verdadera suerte del comandante Feliciano López y su revolución.


El jueves 23 de agosto, el coronel se despertó pasadas las ocho. Primero bostezó alegre por haber dormido con tanta calma, pensó en su sueño, y dejó que una sonrisa le trepara a la cara. Llevaba casi un mes de no soñar con su familia. Pero después se extrañó que el carcelero no lo hubiera ido a despertar esa madrugada. Hasta entonces nunca había fallado con su visita. Apenas pudo, fue a buscar a Hugo Moncada para comentar los hechos. Pero cuando llegó a su celda, la encontró ocupada por un nuevo inquilino. Se disculpó y regresó a contarle todo a la trepadora.

La trepadora lo escuchó, y se entristeció un poco. Le agradaba Hugo Moncada. Aunque no lo veía muy a menudo, era el único hombre que conocía aparte del coronel y el celador. El coronel se sentó en su catre, intentando aclararse la mente. La trepadora, que lo conocía bastante bien, sabía que tras esa frente arrugada maquinaba un motor enorme que ahora estaba intranquilo. Finalmente, el coronel se acostó en el catre, con las manos tras la cabeza y los ojos mirando el infinito. Allí se quedó hecho piedra, y la trepadora quiso ser enorme, para poder abrazarlo y hacerlo olvidar su aflicción.


Julio Bonilla era el informante entre los presos. Tenía un convenio con un guarda, de modo que le pasaban paquetes con comida y ropa. A cambio, la familia de Julio Bonilla depositaba mensualmente una cuota en la cuenta bancaria del guarda. Pero el guarda no sabía que escondido en el inocente queque que llegaba cada semana había una capsulita. Julio Bonilla abría el queque, sacaba la capsula y así se enteraba de lo que pasaba afuera de esas paredes grises.

El jueves 23 de agosto el guarda llegó a dejarle un paquete a Julio Bonilla. Él lo abrió, y encontró un gran queque de chocolate, con marcas de dedos en el lustre, porque al guarda le gustaba el chocolate que hacía su esposa. Cuando encontró la cápsula y leyó el mensaje, se encogió como un animal herido y se refugio en su catre. Miles de pensamientos pasaron por su cabeza, pero uno prevaleció sobre los demás: el coronel debía conocer el contenido de la cápsula sin tardanza.

Julio Bonilla no era un revolucionario romántico, pero como todos en el país, respetaba y emulaba a sus líderes. El solo nombre del coronel, del comandante Feliciano López o del capitán Claudio del Barco le ponía la carne de gallina. Esos eran los heroicos y casi míticos líderes de las gestas enormes de la Fila Oriental, de los que Julio Bonilla había escuchado hablar entre murmullos en más de una taberna de la ciudad. Y ahora era precisamente él, Julio Bonilla, el que debía darle al coronel la noticia más dura.

Se presentó a la celda del coronel y de inmediato la trepadora sintió su presencia. No conocía a ese hombre, pero algo en él le inspiraba confianza. El coronel estaba aún en el catre, pensando en Hugo Moncada y en su destino. Cuando llegó Julio Bonilla, el coronel abrió de golpe los ojos, porque el aire estaba lleno de un sentimiento de alerta que a él también se le había pegado a los párpados. Entonces Julio Bonilla le mostró al coronel el mensaje de la cápsula, y esas líneas botaron al coronel:

“Enfrentamiento entre revolucionarios y Gobierno. Comandante Feliciano López muerto, capitán Claudio del Barco desaparecido. Gobierno celebra victoria sobre la revolución”.

El coronel entonces se echó en su catre y así permaneció. Julio Bonilla entendió y se recostó al marco de la puerta, esperando. La trepadora sintió la respiración entrecortada del coronel. Sabía que estaba pensando en el comandante Feliciano López, su amigo de la infancia, su compañero de juventud, su hermano de toda la vida. Finalmente, el coronel se incorporó y garabateó unas cuantas palabras en un papel, susurró algo al oído de Julio Bonilla y le dio el papel doblado. Julio Bonilla comenzó a caminar despacio hacia atrás, con una mirada de melancolía en los ojos, y una mueca de despedida en algún lugar de la cara.

Cuando quedaron solos, el coronel fue a saludar a su trepadora. Entonces le contó lo que él creía que iba a pasar. Según dijo, el Gobierno iba a dar por sentado que la revolución había muerto, ya que sus tres líderes, el comandante Feliciano López, el coronel y el capitán Claudio del Barco estaban neutralizados. Entonces ya no les servía de nada el coronel y en algún momento llegaría el carcelero a llevárselo, pero esta vez no volvería. Se lo dijo entre susurros, como si hablar bajito hiciera menos real la situación. Le pidió a la trepadora que no se echara a morir, que tuviera esperanza, porque aunque él ya no podría, algún día ella iba a poder ir, por los dos, a ese mundo tras los barrotes.

El carcelero llegó puntual la siguiente madrugada, mientras la cárcel entera dormía. El coronel estaba sentado en el catre esperándolo, sus ojos en la oscuridad parecían dos gotas de luz. Estaba todo vestido de blanco, con ropa que le había prestado Julio Bonilla, porque el coronel siempre había querido morir vestido de blanco. Lo último que la trepadora escuchó de boca del coronel fue lo que dijo al carcelero cuando iba saliendo: “Vamos, salgamos de esto rápido”.


Después de que el comandante Feliciano López cayera en los llanos de Agua Blanca, el país entero se estremeció. El gobierno del Libertador no pudo evitar que la noticia se filtrara hasta la prensa clandestina y desde allí, se colara entre rendijas mínimas hasta cada ciudadano. Mientras en la ciudad el pueblo lloraba al comandante y preparaba su venganza, en los llanos el capitán Claudio del Barco reapareció y tomó las riendas de la revolución.

La capital cayó. El asedio del capitán Claudio del Barco y la presión del pueblo rompieron las filas del brutal ejército del Libertador. La familia del coronel, que aún no sabía de su muerte, escuchó la noticia por Radio Universal y fue a solicitarle al capitán Claudio del Barco que tomara por asalto el Penitenciario de Santa Clara. Pero el capitán Claudio del Barco había recibido una última carta del coronel por intermedio de un valiente joven apellido Bonilla, y sabía que el coronel no había sobrevivido. Pero igual debía de atacar la cárcel.

Se puso al frente de un par de sus columnas y atacó el presidiario. El orgulloso fortín cayó, como había planeado el coronel, en catorce minutos, y varios cientos de soldados uniformados de azul noche penetraron al patio interior. No encontraron a nadie esperándolos. El capitán Claudio del Barco ordenó revisar celda por celda y sacar a aquellos prisioneros políticos que el Libertador había encarcelado. Solo ochenta y cuatro reos se alinearon en el patio y saludaron al capitán, que personalmente visitó la celda que había pertenecido al coronel y que ahora se encontraba vacía.

Llegó y corrió la repisa del fondo, siguiendo las instrucciones de la carta que mandó el coronel, y encontró una planta marchita y a punto de morir. La trepadora del coronel había resistido poco más de dos meses, robándole a setiembre y a octubre gotitas de lluvia que se colaban por la ventana. En su terquedad, se resistía a secarse por completo, pues recordaba que el coronel le había pedido que no se echara a morir. El capitán Claudio del Barco la miró con los mismos ojos que la había visto el coronel todos los días y sintió que no podía más. Se sentó en el pequeño catre de la celda, como había hecho el coronel cuando no encontró a Hugo Moncada y lloró de amargura. Lloró por el comandante Feliciano López, por el coronel, por la soledad de los que llegan hasta el final mientras sus amigos quedan en el camino. La trepadora reconoció en el llanto de ese hombre un poquito de su amado coronel y le pareció que era el mismo coronel quien lloraba en el catre mugriento.

El capitán se tranquilizó y soltó suavemente a la trepadora de la pared. Ella ni se quejó. La guardó en un pañuelo blanco, como tantas veces soñó el coronel. La trepadora se dejó llevar y fue feliz, porque entendió que él era como hermano del coronel que tanto amó. Pero el capitán Claudio del Barco fue aún más feliz, porque sabía que en la cuna de sus manos sostenía más que una trepadora de veintisiete hojas. Cuando regresó al patio principal, uno de sus compañeros se le acercó y le preguntó qué llevaba en ese pañuelo blanco. El capitán Claudio del Barco dejó de sentirse solo y fue de nuevo alegre al responder.

-Un pedazo del coronel-.