martes, 2 de diciembre de 2008

La Intendenta

La intendenta golpeó la puerta del alcalde dos veces y antes de la tercera desmontó el llavín con un golpe seco. La puerta cedió y entró con paso firme.

-Señora, bienvenida.
-Lo dudo. Un vaso de agua, gracias.

Tomó el sillón grande y esperó el vaso de agua. El despacho olía a coroneles viejos y jugo de uva. Tras el escritorio estaba el vasto mapa del Departamento, con el escudo de la Antigua República en la esquina izquierda. La intendenta tomó nota, aunque callada y entendió que no había agua para ella.

El alcalde, sentado en su escritorio, la miraba tras sus gafas negras y absolutas. Tenía ojos de entomólogo. Estudiaba la equis roja que tenía la intendenta en la solapa, símbolo de la Junta.

-Hizo el viaje desde la capital para nada.
-Señor Alcalde, no sea idiota. Vine por el muerto.
-Señora, disculpe, creo que se equivocó. La morgue del pueblo es el edificio blanco.
-Cállese. Lléveme donde él.

Se midieron unos segundos, cejas milenarias contra pestañas recién torcidas. El viento entró tímido al despacho, traveseó unos papeles y salió por la puerta aún abierta. Ninguno se inmutó.

-Vamos. Pero no va a hablar, señora. En este pueblo los muertos no hablan.
-A mí sí.

El alcalde se puso el saco, la intendenta mató una cucaracha que pasaba por el sillón y salieron del despacho. En los pasillos del breve y silvestre Palacio Municipal los saludaron un par de empleados distraídos. Frente a la entrada esperaba un automóvil negro.

-No señora, caminamos.

La intendenta alzó un dedo al conductor y fue a estacionarse frente el cementerio. Caminaron en silencio. La intendenta se sostenía la falda sobre las rodillas, por aquello del viento. El alcalde solo caminaba.

-Va a llover.
-Señor Alcalde, no se moleste. Solo dígame donde está el general.

Franquearon el portón blanco y un cementerio enorme se mostró. El cuidador saludó al alcalde, pero se congeló cuando vio la intendente. Ella siguió su camino, pero recomendó al alcalde reprender al hombre.

-Gracias, señora. Lo tendré en mente para el próximo aumento salarial.

La intendenta hizo que no oyó. Esquivó unas cruces quebradas, torció la cara con asco al ver unas gárgolas grises y siguió al alcalde.

-Señora, supongo que viene por el General Capablanca.

Un silencio.

-¿Y qué busca con el General?
-¿Qué sabe de Herodes?
-Mandó a Jesús con Pilatos y fue un cabrón.
-Sí sí. Muy noble su proceder. Siguió el Orden Establecido. Pero antes ya lo había querido matar. De niño.

Un querubín los estudió mientras seguían sorteando filas de lápidas blancas y grises. No había sol, pero el viento seguía jugando en la falda del intendente.

-¿Cómo un pueblo tan pequeño tiene un cementerio tan grande?
-Usted sabe señora, revoluciones frustradas, levantamientos aplastados, todo eso. Lo de siempre.
-Por traidores.
-Gracias señora. Es aquella del fondo. Apúrese porque va a llover. Y él no va a decirle donde está Henriquito.

Terminaron de andar los metros que faltaban y se detuvieron frente a una lápida impecable. Tenía siete ramos frescos de narcisos.

-Huelen bien los narcisos.
-Un asco, señor alcalde. Un asco. Y cállese, aquí hablo yo.

Sacó unos lentes de marco fino de su bolso de mano. Se los puso y dio vueltas alrededor de la lápida. El alcalde esperaba a unos metros de distancia. Se había quitado el saco y mordisqueaba un tallo tierno de jocote.

-Ya le dije. En este pueblo los muertos no hablan.
-Todos los muertos hablan. General, ¿dónde está su hijo?

El alcalde sonrió con media cara.

-Yo no pude ir. Esa semana me había quebrado una pierna. No me lo he perdonado.
-Sí. Dicen que los despedazaron como cerdos.
-No señora, entonces hablamos de batallas diferentes.


La intendenta siguió haciéndole preguntas a la lápida, moviéndose de lado a lado buscando un ángulo que no encontraba. Repitió varias veces una lista enorme y se cansó.

-Debería llevármelo a usted y torturarlo hasta que me diga dónde está.
-Es inútil. Solo el General y la madre del niño saben.
-Igual, podría. Solo porque sí.

Se puso a estudiar en una tumba anónima y aplastó una lombriz con el tacón.

-Todavía tiene el escudo de la Antigua República. ¿No piensa usar el oficial?
-No señora, usted se equivoca. En mi despacho está el escudo de la República. Pregúntele al General si quiere. Él se lo puede confirmar.
-No se abuse.
-Jamás, señora.

La intendenta miró el cielo. Se quitó las gafas, guardó la libreta y dio un par de vueltas más alrededor de la tumba. Estiró su falda y se volteó hacia el alcalde.

-Bueno señor, usted lo quiso de esta manera. Regreso al Paseo América a hacer un informe de su cooperación.
-Me consta que he entorpecido el proceso tanto como ha sido posible, señora.
-Espere el regimiento en diez días.
-Magnífico. Alistaremos las municiones. ¿Algo más que desee, señora?
-Vamos a encontrar al niño.
-Perfecto. Espero entonces que pueda llegar la salida sin problemas. Solo siga hasta el cerezo y dobla a la derecha. Buenas tardes.

La intendenta se retiró con las manos sobre la falda y el bolso de mano colgando del brazo derecho, con paso de política de raza. El coche se detuvo frente al portón blanco y partió enseguida.

El alcalde permaneció frente a la lápida del General. Acomodó los narcisos y sonrió a la lápida. Cuatro metros bajo tierra, el General le devolvió la sonrisa.

-Va a llover.

El alcalde sintió un gorrión atascado en la garganta.

-Sí General. Hasta del piso nos lloverá.

1 comentario:

Ana I. dijo...

Hizo que valiera la pena no cambiar el tema ingeniero. Genial.