"And the doors are open now as the bells are ringing out
Cause the man of the hour is taking his final bow
Goodbye for now."
Pearl Jam
El coronel abrió los ojos y encontró a agosto esperándolo. Estaba acostado en su misma cama, lo observaba con sus pupilas llovidas y el coronel se resignó otra vez a no estar solo. Todavía escurriéndose del sudor de la noche, pensó llevar las cartas ese mismo día para no alargar la espera. Pero el silencio de agosto le cortó limpiamente el impulso. "Todavía faltan trece días para poder largar este cabrón. Ya quisiera pasar todo agosto durmiendo, para que ya no me toquen sus pies fríos por la madrugada".
Las campanas del pueblo todavía no sonaban y sobre su cama, en los rincones que sobraban, se iba apelotando la claridad de la mañana. Harto del tumulto y con un poco de pudor infantil, saltó de la cama a treparse algo sobre los calzoncillos. Treinta y dos años de ser revolucionaro y todavía con la misma necedad cada mañana. Se ruborizó, pero logró vestirse con unos trapos viejos. Agosto seguía con su cara de resaca y la barba mal hecha. El coronel estiró sin interés las sábanas amarillentas, recogió la tinaja con el resto de agua de la noche anterior y se encaminó a desayunar.
La frugalidad fue la de siempre. Medio bollo del día anterior bañado con lo último de aceite de oliva. Se sentó a masticarlo despacio y entre bocados esperaba unos segundos a ver si agosto se iba, pero se cansó de esperar. Agosto no comería nada, nunca desayunaba. Aburrido, el coronel comenzó a cazar una por una las boronas que habían escapado, hasta que la mesa quedó impecable. Después no supo que hacer.
Agosto seguía en el cuarto cuando regresó, aunque ahora estaba desparramado en una gastada silla de madera. Lo miró unos segundos y el coronel pensó que si agosto hubiera sido un número, sería primo. Le agradaba, pero había veces que su mirada caída lo sofocaba y además estaba lo de las cartas. Ella le había dicho que cuando llegara setiembre, que a agosto ni lo iba a notar. Pero él sentía que se le iba el aire cuando estaban en la misma pieza.
Se sentó en la cama, mirando por la ventana, buscando el mundo entre las chozas del pueblo. O esperaba alguien que llegara y le dijera una palabra, la que fuera. Fangoso, carcajada, cuando, tenedor. Solo quería que le dijeran algo, porque agosto no hablaba nada y estaba cansado de sentirse tan solo estando con alguien.
-Ella dijo que setiembre, ella me lo dijo.
La cama estaba todavía mojada por el calor de la madrugada y el coronel se levantó para que pudiera secarse. Dio un par de vueltas entre el cuartito donde dormía y la minúscula cocina mal equipada, hasta que volvió a sentarse en la cama. No podía creer que todavía faltaran trece días, ni sabía donde iba a meterlos. Bajo la cama estaba la cajita de madera donde guardaba las cartas y no pudo resistir la diaria tentación de abrirla para leer trozos. El permiso se lo autoconcedió sin mayores trabas: no podía negarse su única actividad del día.
La primera que encontró estaba fechada siete de agosto, con una letra menuda y con cara de culpa. Comenzó la lectura a mitad de la carta.
No sé sinceramente por qué escribo esto. Tal vez sea un intento subcosciente de sentirme menos culpable (he fallado magistralmente), pero creo que de paso me sirve para decir un par de cosas que dejé por ahí.
Agosto lo miró durante un segundo como compadeciéndose de él y se sumió otra vez en sí mismo. Era de una sinceridad brutal. Le daba gracia ese proyecto suyo: escribir decenas de cartas que nunca le daría, porque ella nunca debía saber que todavía. O tal vez cuando setiembre y entonces... Otra que agarró, con una caligrafía menos dolida, correspondía al doce de agosto y el párrafo era de los último:
Concluí que hay demasiados libros y muy poco tiempo para leeros. Y también concluí que me gustaría estar acostado con vos, viendo una gotera en el techo, o un árbol por la ventana, o esos puntitos negros que hay en el aire.
"Soy un bruto" dijo, porque fue lo primero que le llegó a la mente. Agosto no dijo nada, otorgó cortésmente con su silencio y el coronel se rió. Por un día eran suficientes cartas leídas y todavía era temprano para sentarse a escribir otra, entonces las guardó en la cajita y la empujó con el pie bajo la cama. Lo de la carta lo rumió un rato, dejando que las palabras se enlazaran y encontraran su sentido. Ya no le importó que la cama estuviese mojada, ni que agosto con sus treces días aún estuviera ahí. Solo pensó.
Un golpe en la puerta torció el silencio de la choza. Primero pensó en el Ejército, que lo había encontrado y se lo iba a llevar. Pero no podía ser. ¿Y ella? Agosto también pensó lo mismo porque desde su esquina estiró el cuello para poder asomarse a la puerta, temeroso que lo fueran a despachar trece días antes de cumplir su plazo. El coronel se acercó, quitó la tranca de aluminio y abrió la puerta hasta el ancho de un ojo. Afuera lo esperaba, vestido con su eterna camisa blanca, el comandante Feliciano López.
El coronel se sorprendió que el comandante tocara su puerta y el comandante no entendía los años que se habían empotrado en la cara del coronel. Pero se reconocieron.
-Henrique, volvió. Dice que vayamos por la costa y él se hace cargo de la capital.
-¿Ya?
-Sí. ¿Qué más tenés que hacer? Traé la capa y nos vamos.
El coronel se volvió hacia la esquina donde agosto esperaba ansioso sobre la silla y casi invita al comandante a pasar unos minutos para pensar con calma. Pero sabía que le tocaba, desde hacía treinta y dos años que la desición ya no era suya.
-Dame un minuto y salgo.
Volvió a su cuarto y pensó armar un rápido equipaje para la travesía. Agosto lo miraba con ojos escépticos, como si todo se tratase de un sueño de mal gusto. El coronel no supo como explicar. Garabateó unas palabras en un papel, firmó con fuerza y lo dejó sobre la cama. Hizo un rápido inventario mental y se dio cuenta que no tenía mucho que pudiera llevarse, entonces metió el frasquito de canela y sus pocos trapos en un bolso, se colgó la capa blanca y salió de la casa.
Cuando cruzaba la puerta, agosto se levantó de su silla y gruñó algo que sonaba a súplica y a amenaza. El coronel se sorprendió, pero no podía esperar más.
-Vas a tener que dárselas vos. Por ahora dale la nota.
Y se fue con el comandante Feliciano López. En el pueblo había corrido la noticia de que habían llegado a buscar al coronel para volver a la lucha y todas las puertas del pueblo se abrieron a para verlos pasar. Ellos saludaban con timidez y seguían su camino, porque nunca pudieron manejar la fama.
La única casa que no abrió las puertas fue la de ella. Supo hasta los calores de la tarde, cuando se encontró a agosto en una hamaca de su cuarto y vio sobre su cama una nota con garabatos vagamente familiares. Consultó con agosto y se acercó a la nota para leerla. Decía: "Adiós, por ahora".
Las campanas del pueblo todavía no sonaban y sobre su cama, en los rincones que sobraban, se iba apelotando la claridad de la mañana. Harto del tumulto y con un poco de pudor infantil, saltó de la cama a treparse algo sobre los calzoncillos. Treinta y dos años de ser revolucionaro y todavía con la misma necedad cada mañana. Se ruborizó, pero logró vestirse con unos trapos viejos. Agosto seguía con su cara de resaca y la barba mal hecha. El coronel estiró sin interés las sábanas amarillentas, recogió la tinaja con el resto de agua de la noche anterior y se encaminó a desayunar.
La frugalidad fue la de siempre. Medio bollo del día anterior bañado con lo último de aceite de oliva. Se sentó a masticarlo despacio y entre bocados esperaba unos segundos a ver si agosto se iba, pero se cansó de esperar. Agosto no comería nada, nunca desayunaba. Aburrido, el coronel comenzó a cazar una por una las boronas que habían escapado, hasta que la mesa quedó impecable. Después no supo que hacer.
Agosto seguía en el cuarto cuando regresó, aunque ahora estaba desparramado en una gastada silla de madera. Lo miró unos segundos y el coronel pensó que si agosto hubiera sido un número, sería primo. Le agradaba, pero había veces que su mirada caída lo sofocaba y además estaba lo de las cartas. Ella le había dicho que cuando llegara setiembre, que a agosto ni lo iba a notar. Pero él sentía que se le iba el aire cuando estaban en la misma pieza.
Se sentó en la cama, mirando por la ventana, buscando el mundo entre las chozas del pueblo. O esperaba alguien que llegara y le dijera una palabra, la que fuera. Fangoso, carcajada, cuando, tenedor. Solo quería que le dijeran algo, porque agosto no hablaba nada y estaba cansado de sentirse tan solo estando con alguien.
-Ella dijo que setiembre, ella me lo dijo.
La cama estaba todavía mojada por el calor de la madrugada y el coronel se levantó para que pudiera secarse. Dio un par de vueltas entre el cuartito donde dormía y la minúscula cocina mal equipada, hasta que volvió a sentarse en la cama. No podía creer que todavía faltaran trece días, ni sabía donde iba a meterlos. Bajo la cama estaba la cajita de madera donde guardaba las cartas y no pudo resistir la diaria tentación de abrirla para leer trozos. El permiso se lo autoconcedió sin mayores trabas: no podía negarse su única actividad del día.
La primera que encontró estaba fechada siete de agosto, con una letra menuda y con cara de culpa. Comenzó la lectura a mitad de la carta.
No sé sinceramente por qué escribo esto. Tal vez sea un intento subcosciente de sentirme menos culpable (he fallado magistralmente), pero creo que de paso me sirve para decir un par de cosas que dejé por ahí.
Agosto lo miró durante un segundo como compadeciéndose de él y se sumió otra vez en sí mismo. Era de una sinceridad brutal. Le daba gracia ese proyecto suyo: escribir decenas de cartas que nunca le daría, porque ella nunca debía saber que todavía. O tal vez cuando setiembre y entonces... Otra que agarró, con una caligrafía menos dolida, correspondía al doce de agosto y el párrafo era de los último:
Concluí que hay demasiados libros y muy poco tiempo para leeros. Y también concluí que me gustaría estar acostado con vos, viendo una gotera en el techo, o un árbol por la ventana, o esos puntitos negros que hay en el aire.
"Soy un bruto" dijo, porque fue lo primero que le llegó a la mente. Agosto no dijo nada, otorgó cortésmente con su silencio y el coronel se rió. Por un día eran suficientes cartas leídas y todavía era temprano para sentarse a escribir otra, entonces las guardó en la cajita y la empujó con el pie bajo la cama. Lo de la carta lo rumió un rato, dejando que las palabras se enlazaran y encontraran su sentido. Ya no le importó que la cama estuviese mojada, ni que agosto con sus treces días aún estuviera ahí. Solo pensó.
Un golpe en la puerta torció el silencio de la choza. Primero pensó en el Ejército, que lo había encontrado y se lo iba a llevar. Pero no podía ser. ¿Y ella? Agosto también pensó lo mismo porque desde su esquina estiró el cuello para poder asomarse a la puerta, temeroso que lo fueran a despachar trece días antes de cumplir su plazo. El coronel se acercó, quitó la tranca de aluminio y abrió la puerta hasta el ancho de un ojo. Afuera lo esperaba, vestido con su eterna camisa blanca, el comandante Feliciano López.
El coronel se sorprendió que el comandante tocara su puerta y el comandante no entendía los años que se habían empotrado en la cara del coronel. Pero se reconocieron.
-Henrique, volvió. Dice que vayamos por la costa y él se hace cargo de la capital.
-¿Ya?
-Sí. ¿Qué más tenés que hacer? Traé la capa y nos vamos.
El coronel se volvió hacia la esquina donde agosto esperaba ansioso sobre la silla y casi invita al comandante a pasar unos minutos para pensar con calma. Pero sabía que le tocaba, desde hacía treinta y dos años que la desición ya no era suya.
-Dame un minuto y salgo.
Volvió a su cuarto y pensó armar un rápido equipaje para la travesía. Agosto lo miraba con ojos escépticos, como si todo se tratase de un sueño de mal gusto. El coronel no supo como explicar. Garabateó unas palabras en un papel, firmó con fuerza y lo dejó sobre la cama. Hizo un rápido inventario mental y se dio cuenta que no tenía mucho que pudiera llevarse, entonces metió el frasquito de canela y sus pocos trapos en un bolso, se colgó la capa blanca y salió de la casa.
Cuando cruzaba la puerta, agosto se levantó de su silla y gruñó algo que sonaba a súplica y a amenaza. El coronel se sorprendió, pero no podía esperar más.
-Vas a tener que dárselas vos. Por ahora dale la nota.
Y se fue con el comandante Feliciano López. En el pueblo había corrido la noticia de que habían llegado a buscar al coronel para volver a la lucha y todas las puertas del pueblo se abrieron a para verlos pasar. Ellos saludaban con timidez y seguían su camino, porque nunca pudieron manejar la fama.
La única casa que no abrió las puertas fue la de ella. Supo hasta los calores de la tarde, cuando se encontró a agosto en una hamaca de su cuarto y vio sobre su cama una nota con garabatos vagamente familiares. Consultó con agosto y se acercó a la nota para leerla. Decía: "Adiós, por ahora".
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