El comandante se echó de nuevo en la hamaca. La mañana estaba despertando con él, agarrándose de las olas para subir hasta el cielo. Ya se habían acostumbrado a levantarse juntos. Casi siempre ella alargaba uno de sus muchos brazos hasta el hombro del comandante para que abriera los ojos, pero había días que se atrasaba. Entonces era el comandante el que tenía que chiflar en dirección al mar, para que la mañana se acordara que debía salir. Pero ese día estaban despertando juntos; la mañana buscando nubes sueltas para agarrarse de ellas y el comandante estirándose en su hamaca blanca.
La señora ya estaba acostumbrada a esta complicidad entre la mañana y el comandante. Le gustaban los días que la mañana no salía, porque entre las cortinas de su cuarto espiaba al comandante llamándola con un chiflido largo. No era como el amo que llama al siervo, sino como una serenata al balcón: como un llamado de enamorado.
Pero lo que más le gustaba era como se veía el comandante cuando se paraba en el balconcillo que daba al mar, todo vestido de blanco y su silueta dibujada cuando la mañana comenzaba a despabilarse. Le parecía que era el comandante de siempre, el mismo de la Revolución, de la Sierra Oriental, del monumento que ya no estaba en el Paseo América.
Pero de pronto, la mañana se abría como un abanico y no era más que un hombre canoso, el mismo que se avergonzaba de haber logrado escapar el 21 de julio y vestía las camisas de un hombre difunto. La mañana veía a la señora a lo lejos, pero nunca le dijo nada al Comandante, porque sabía que ella ocupaba verlo así de vez en cuando tanto como él ocupaba su hamaca blanca amarrada al palo de marañón para ser feliz.
Ese lunes de julio, la señora entonces se atrevió a ponerle un poco de canela al café, para ver si el comandante todavía se acordaba. Pero antes, se armó con un poco del valor que había venido ahorrando y fue soltando las palabras una a una, con cuidado. “Comandante, ¿para qué vino?”
El comandante sonrió con tristeza, porque sabía que la señora no quería hacerlo sentirse mal y de todas las cosas que le vinieron a la mente, dijo la que le pareció más sensata:
–Por las estrellas
Los lunes, el comandante bajaba hasta la playa. Se distraía contando las conchas en la arena. Siempre prefirió las blancas, le parecían más elegantes, más sutiles, más señoriales. Cuando andaba de humor, recogía una para llevársela a la señora, que las guardaba en un frasco de mermelada que tenía en el comedor. Llegaba diciendo: “Hoy vi veintitrés conchas blancas, aquí le traje una”. Y la señora sabía que el comandante nunca le llevaba las más lindas, porque las dejaba para seguir viéndolas todos los lunes, pero no le importaba.
Buscaba las conchas porque le recordaban las estrellas. Cuando encontraba una que no era blanca, la tiraba lejos hacia el mar, porque así le parecía que la playa se veía más hermosa. Casi siempre caminaba toda la playa, hasta el fondo, donde había una caída de agua pequeña.
Pero el segundo lunes de julio el comandante que caminó la playa no era el mismo. Apenas levantaba la vista de la arena, y la mañana y las conchas estaban un poco preocupadas por él. Llegó hasta el fondo de la playa y se sentó a mirar al chorrito con su paz de siglos y siglos.
-Hoy la señora le puso canela al café
Le hablaba al chorrito porque no tenía nadie más a quien hablarle. Con el tiempo, se había acostumbrado a entenderse solo, al punto que ya casi nadie más lo podía entender. Pero a la caída de agua no le importaban esos asuntos de comandantes y estrellas, ya ella estaba hastiada del mundo. Lo siguió arrullando por costumbre, mientras goteaba a pocos su canción, pero no le dijo nada más.
El comandante apenas logró levantarse de tanta soledad que le inundaba el cuerpo. Cualquiera lo hubiese confundido con otro peñasco de piedra caliza, todo vestido de blanco e inmóvil. No supo que más decirle al chorrito, porque lo había dicho todo. Tendría que seguir buscando una estrella para guiarse. Regresó cabizbajo hasta la casa al lado del mar, sin contar las conchas de la arena, sin despedirse del chorrito y sin pensar en las estrellas que lo habían abandonado por miedo al Libertador.
Cuando volvió, la señora lo encontró más flaco. Al subir las últimas gradas que comunicaban con la playa, el comandante tuvo que apretarse el fajón porque se le caían los pantalones. No habló de conchas ni de chorritos, porque no tenía ganas de hablar de nada; la melancolía le había perforado hasta el acento. Se fue a acostar en la hamaca blanca, ajeno a la mañana y al mundo, sin preocuparse de sus tazas de café con la señora, para intentar soñar con las estrellas.
El comandante soñó como hacía meses no soñaba. De hecho, desde que capturaron al coronel Henrique Capablanca aquel 21 de abril se le había olvidado soñar. Y no le molestaba, porque se ahorraba lágrimas. Pero la señora había llegado en la mañana con el café cargado de canela y ese lunes de julio soñó con la Sierra Oriental.
Ahí estaba el coronel Henrique Capablanca, sentado jugando naipes sin saber que lo irían a capturar. También estaba el comandante Jose Fabio Vivanco, cuando todavía era joven y empuñaba los fusiles, sentado junto al capitán Claudio del Barco, que tocaba la guitarra. Hasta estaba sentado el coronel Octavio Sabaté, años antes de que los traicionara y se nombrara Libertador.
Se sentó entre todos y les habló como en los viejos tiempos, sabiendo que solo él sabía que nada de eso era real. Sabía que nunca más volverían a hablarse así, porque el coronel Octavio Sabaté los había traicionado, porque ni un Capablanca sobrevivía a las celdas de Santa Clara, porque no sabía nada del comandante Jose Fabio Vivanco y porque el capitán Claudio del Barco nunca dijo si regresaría. Le dieron ganas de llorar amargo, pero todos reían alrededor suyo. Entonces rió también y rieron juntos los Cuatro Grandes por última vez en el tiempo.
El comandante chupó duro el habano y se sintió vivo de nuevo. Le pasaron una taza de café con canela, como la hacían en los viejos tiempos y casi la rechaza. Pero se dio cuenta que en el sueño, él estaba en los viejos tiempos con todos sus compañeros y la abrazó entre sus manos y olió con cariño y melancolía esa taza humeante. Con cada sorbo se sentía más triste, porque sabía que al despertar lo recordaría todo.
Entonces se dio cuenta que estaban jugando cartas a la luz de las estrellas. Las vio a todas regadas por el cielo, amontonadas en constelaciones y nebulosas, brillando como no volverían a hacerlo en mucho tiempo. Y supo que era el único de todos los que otrora se sentaran en la Sierra Oriental que hoy podía hacer algo.
El coronel Henrique Capablanca tomó entonces una carta del mazo y rumió un rato su suerte. Después volvió a ver al comandante, que estaba a su derecha, y le dijo lo mismo que le dijo cuando se lo llevaban a lo lejos el 21 de abril:
-Te toca a vos
El comandante había llegado una noche tranquila. La señora estaba sentada, tan sola como siempre, chorreando el café de las ocho y apenas iluminada por la llamita de la candela que se mecía con el viento.
Llegó por la parte de atrás y cuando tocó el marco de la puerta murmuró un “Ave María Purísima”, para que supieran que era alma cristiana. La señora lo escuchó y solo eso la sostuvo en su silla cuando vio el comandante que cargaba su silvestre barba de semana y media y su camisa percudida por los días.
Se plantó con timidez en la entrada de la cocina y ambos quedaron mirándose como aquellos que nunca se han visto pero saben que se conocen desde antes. Entonces la señora dijo con esa voz cansada que solo muchas derrotas pueden educar: “Usted es el comandante”. Y él recordó que era el comandante. Se vio todo mancillado y sintió un poco de pena, mitad por verse vestido y mitad por ser el comandante y llegar vencido a esa casa al lado del mar. “Ocupo una camisa blanca” dijo, y la señora entendió. Le preparó el baño y la vieja navaja de su esposo, para que pudiera soltarse esa barba que ya comenzaba a arrastrarle las ojeras.
Desde esa noche había vivido en la casa al lado del mar. Dormía en la hamaca blanca amarrada al palo de marañón y todas las mañanas vestía las camisas blancas que habían sido de José Ortuño, primer revolucionario del país. “En paz descanse, don José” decía cuando sacaba una camisa del ropero de caoba. Y olía con tristeza el cigarro de la victoria que el general Ortuño nunca pudo prender.
Apenas lo levantaba la mañana, se bañaba y se ponía una camisa blanca. Saludaba con un “Buenos días señora”, y juntos se sentaban a tomar la primera taza de café. Cada día se tomaban tres tazas puntuales, y los días que el invierno jugaba con su paciencia, se aventuraban hasta la cuarta.
Pero el comandante nunca quiso ir más allá de la casa al lado del mar, con su hamaca blanca y su diminuta cocina. Todo era a su medida. Las grandes mansiones eran para los comandantes laureados y los grandes políticos y él no era nada de eso. Solo era un pobre revolucionario sin revolución, que dormía en una hamaca blanca y todas las noches se quedaba un par de horas viendo un cielo que nunca, nunca tenía estrellas.
Se despertó otra vez al lado del mar. Una lluvia melancólica tamborileaba a duras penas contra el tejado de la cabaña, desgarrando el silencio que respiraba la noche. Estaba empapado, hecho un capullo en su hamaca blanca y temblando un poco de frío y otro poco por las palabras del coronel.
Se quedó despierto todas las horas de oscuridad, esperando algo que no sabía que era. Cuando pasó la lluvia, se fue a mirar al mar, porque no se aguantaba acostado un segundo más. El cielo estaba despejado, no había nubes ni luna, pero tampoco se asomaba ninguna estrella a alegrar la noche. No había olor a habanos, ni a canela, ni a comandantes.
“Tal vez ya no sea un revolucionario” pensó amargamente el comandante. Y se vio a sí mismo: un hombre acabado, que vestía las camisas blancas de un difunto, que contaba las conchas blancas en la arena y despertaba a la mañana cada par de días.
Deprimido, pensó en el coronel Henrique Capablanca, capturado el 21 de abril. Allá debía estar en las celdas de Santa Clara, solo como la muerte. Y no quedaba nadie. El capitán estaba todavía descubriendo islas y mundos más allá de las fronteras y el comandante probablemente había caído en la capital. Solo estaba él esperando las estrellas en una casa al lado del mar. Suspiró con toda la resignación que pudo.
-Con o sin estrellas, me toca a mí.
Al día siguiente, muy temprano, se puso la camisa blanca del difunto José y se calzó sus viejas botas de guerra. Se afeitó como lo hacía antes, dejándose las patillas largas y guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta el cigarro de la victoria del general Ortuño y en otro su pañuelo blanco, pero no se miró al espejo para no desanimarse.
Volvió a su hamaca blanca y le cantó algo muy dulce en voz baja, para que solo ella la oyera y supiera que aunque se fuera la amaba. Después se volvió hacia el mar, donde la mañana lo esperaba inquieta. Pero el comandante sonrió y tras inflar el pecho, chifló largo como nunca había chiflado, para que la mañana pudiera oírlo por siempre. Y tras unas palabras cariñosas, le prometió volver.
Encendió la cocina y le preparó el café a la señora, que venía de levantarse. Se sentó con ella a tomarse el café, y fue a buscar la canela para ponerle dos buenas cucharadas a su taza humeante. La señora lo miró con su cara de seriedad catedrática y el comandante tuvo miedo que le fuera a reclamar algo.
Pero la señora se acercó y le arregló el cuello de la camisa, que tenía desacomodado. Le pareció otra vez gallardo y apuesto, y le desempolvó los hombros de su chaqueta militar. Hasta le encontró de nuevo esa mirada de vencedor eterno que las semanas habían sepultado.
Juntó sus manos con alegría infantil bajo su barbilla y le dijo con una chispa de esperanza en los ojos:
- Usted es el comandante.
La señora ya estaba acostumbrada a esta complicidad entre la mañana y el comandante. Le gustaban los días que la mañana no salía, porque entre las cortinas de su cuarto espiaba al comandante llamándola con un chiflido largo. No era como el amo que llama al siervo, sino como una serenata al balcón: como un llamado de enamorado.
Pero lo que más le gustaba era como se veía el comandante cuando se paraba en el balconcillo que daba al mar, todo vestido de blanco y su silueta dibujada cuando la mañana comenzaba a despabilarse. Le parecía que era el comandante de siempre, el mismo de la Revolución, de la Sierra Oriental, del monumento que ya no estaba en el Paseo América.
Pero de pronto, la mañana se abría como un abanico y no era más que un hombre canoso, el mismo que se avergonzaba de haber logrado escapar el 21 de julio y vestía las camisas de un hombre difunto. La mañana veía a la señora a lo lejos, pero nunca le dijo nada al Comandante, porque sabía que ella ocupaba verlo así de vez en cuando tanto como él ocupaba su hamaca blanca amarrada al palo de marañón para ser feliz.
Ese lunes de julio, la señora entonces se atrevió a ponerle un poco de canela al café, para ver si el comandante todavía se acordaba. Pero antes, se armó con un poco del valor que había venido ahorrando y fue soltando las palabras una a una, con cuidado. “Comandante, ¿para qué vino?”
El comandante sonrió con tristeza, porque sabía que la señora no quería hacerlo sentirse mal y de todas las cosas que le vinieron a la mente, dijo la que le pareció más sensata:
–Por las estrellas
Los lunes, el comandante bajaba hasta la playa. Se distraía contando las conchas en la arena. Siempre prefirió las blancas, le parecían más elegantes, más sutiles, más señoriales. Cuando andaba de humor, recogía una para llevársela a la señora, que las guardaba en un frasco de mermelada que tenía en el comedor. Llegaba diciendo: “Hoy vi veintitrés conchas blancas, aquí le traje una”. Y la señora sabía que el comandante nunca le llevaba las más lindas, porque las dejaba para seguir viéndolas todos los lunes, pero no le importaba.
Buscaba las conchas porque le recordaban las estrellas. Cuando encontraba una que no era blanca, la tiraba lejos hacia el mar, porque así le parecía que la playa se veía más hermosa. Casi siempre caminaba toda la playa, hasta el fondo, donde había una caída de agua pequeña.
Pero el segundo lunes de julio el comandante que caminó la playa no era el mismo. Apenas levantaba la vista de la arena, y la mañana y las conchas estaban un poco preocupadas por él. Llegó hasta el fondo de la playa y se sentó a mirar al chorrito con su paz de siglos y siglos.
-Hoy la señora le puso canela al café
Le hablaba al chorrito porque no tenía nadie más a quien hablarle. Con el tiempo, se había acostumbrado a entenderse solo, al punto que ya casi nadie más lo podía entender. Pero a la caída de agua no le importaban esos asuntos de comandantes y estrellas, ya ella estaba hastiada del mundo. Lo siguió arrullando por costumbre, mientras goteaba a pocos su canción, pero no le dijo nada más.
El comandante apenas logró levantarse de tanta soledad que le inundaba el cuerpo. Cualquiera lo hubiese confundido con otro peñasco de piedra caliza, todo vestido de blanco e inmóvil. No supo que más decirle al chorrito, porque lo había dicho todo. Tendría que seguir buscando una estrella para guiarse. Regresó cabizbajo hasta la casa al lado del mar, sin contar las conchas de la arena, sin despedirse del chorrito y sin pensar en las estrellas que lo habían abandonado por miedo al Libertador.
Cuando volvió, la señora lo encontró más flaco. Al subir las últimas gradas que comunicaban con la playa, el comandante tuvo que apretarse el fajón porque se le caían los pantalones. No habló de conchas ni de chorritos, porque no tenía ganas de hablar de nada; la melancolía le había perforado hasta el acento. Se fue a acostar en la hamaca blanca, ajeno a la mañana y al mundo, sin preocuparse de sus tazas de café con la señora, para intentar soñar con las estrellas.
El comandante soñó como hacía meses no soñaba. De hecho, desde que capturaron al coronel Henrique Capablanca aquel 21 de abril se le había olvidado soñar. Y no le molestaba, porque se ahorraba lágrimas. Pero la señora había llegado en la mañana con el café cargado de canela y ese lunes de julio soñó con la Sierra Oriental.
Ahí estaba el coronel Henrique Capablanca, sentado jugando naipes sin saber que lo irían a capturar. También estaba el comandante Jose Fabio Vivanco, cuando todavía era joven y empuñaba los fusiles, sentado junto al capitán Claudio del Barco, que tocaba la guitarra. Hasta estaba sentado el coronel Octavio Sabaté, años antes de que los traicionara y se nombrara Libertador.
Se sentó entre todos y les habló como en los viejos tiempos, sabiendo que solo él sabía que nada de eso era real. Sabía que nunca más volverían a hablarse así, porque el coronel Octavio Sabaté los había traicionado, porque ni un Capablanca sobrevivía a las celdas de Santa Clara, porque no sabía nada del comandante Jose Fabio Vivanco y porque el capitán Claudio del Barco nunca dijo si regresaría. Le dieron ganas de llorar amargo, pero todos reían alrededor suyo. Entonces rió también y rieron juntos los Cuatro Grandes por última vez en el tiempo.
El comandante chupó duro el habano y se sintió vivo de nuevo. Le pasaron una taza de café con canela, como la hacían en los viejos tiempos y casi la rechaza. Pero se dio cuenta que en el sueño, él estaba en los viejos tiempos con todos sus compañeros y la abrazó entre sus manos y olió con cariño y melancolía esa taza humeante. Con cada sorbo se sentía más triste, porque sabía que al despertar lo recordaría todo.
Entonces se dio cuenta que estaban jugando cartas a la luz de las estrellas. Las vio a todas regadas por el cielo, amontonadas en constelaciones y nebulosas, brillando como no volverían a hacerlo en mucho tiempo. Y supo que era el único de todos los que otrora se sentaran en la Sierra Oriental que hoy podía hacer algo.
El coronel Henrique Capablanca tomó entonces una carta del mazo y rumió un rato su suerte. Después volvió a ver al comandante, que estaba a su derecha, y le dijo lo mismo que le dijo cuando se lo llevaban a lo lejos el 21 de abril:
-Te toca a vos
El comandante había llegado una noche tranquila. La señora estaba sentada, tan sola como siempre, chorreando el café de las ocho y apenas iluminada por la llamita de la candela que se mecía con el viento.
Llegó por la parte de atrás y cuando tocó el marco de la puerta murmuró un “Ave María Purísima”, para que supieran que era alma cristiana. La señora lo escuchó y solo eso la sostuvo en su silla cuando vio el comandante que cargaba su silvestre barba de semana y media y su camisa percudida por los días.
Se plantó con timidez en la entrada de la cocina y ambos quedaron mirándose como aquellos que nunca se han visto pero saben que se conocen desde antes. Entonces la señora dijo con esa voz cansada que solo muchas derrotas pueden educar: “Usted es el comandante”. Y él recordó que era el comandante. Se vio todo mancillado y sintió un poco de pena, mitad por verse vestido y mitad por ser el comandante y llegar vencido a esa casa al lado del mar. “Ocupo una camisa blanca” dijo, y la señora entendió. Le preparó el baño y la vieja navaja de su esposo, para que pudiera soltarse esa barba que ya comenzaba a arrastrarle las ojeras.
Desde esa noche había vivido en la casa al lado del mar. Dormía en la hamaca blanca amarrada al palo de marañón y todas las mañanas vestía las camisas blancas que habían sido de José Ortuño, primer revolucionario del país. “En paz descanse, don José” decía cuando sacaba una camisa del ropero de caoba. Y olía con tristeza el cigarro de la victoria que el general Ortuño nunca pudo prender.
Apenas lo levantaba la mañana, se bañaba y se ponía una camisa blanca. Saludaba con un “Buenos días señora”, y juntos se sentaban a tomar la primera taza de café. Cada día se tomaban tres tazas puntuales, y los días que el invierno jugaba con su paciencia, se aventuraban hasta la cuarta.
Pero el comandante nunca quiso ir más allá de la casa al lado del mar, con su hamaca blanca y su diminuta cocina. Todo era a su medida. Las grandes mansiones eran para los comandantes laureados y los grandes políticos y él no era nada de eso. Solo era un pobre revolucionario sin revolución, que dormía en una hamaca blanca y todas las noches se quedaba un par de horas viendo un cielo que nunca, nunca tenía estrellas.
Se despertó otra vez al lado del mar. Una lluvia melancólica tamborileaba a duras penas contra el tejado de la cabaña, desgarrando el silencio que respiraba la noche. Estaba empapado, hecho un capullo en su hamaca blanca y temblando un poco de frío y otro poco por las palabras del coronel.
Se quedó despierto todas las horas de oscuridad, esperando algo que no sabía que era. Cuando pasó la lluvia, se fue a mirar al mar, porque no se aguantaba acostado un segundo más. El cielo estaba despejado, no había nubes ni luna, pero tampoco se asomaba ninguna estrella a alegrar la noche. No había olor a habanos, ni a canela, ni a comandantes.
“Tal vez ya no sea un revolucionario” pensó amargamente el comandante. Y se vio a sí mismo: un hombre acabado, que vestía las camisas blancas de un difunto, que contaba las conchas blancas en la arena y despertaba a la mañana cada par de días.
Deprimido, pensó en el coronel Henrique Capablanca, capturado el 21 de abril. Allá debía estar en las celdas de Santa Clara, solo como la muerte. Y no quedaba nadie. El capitán estaba todavía descubriendo islas y mundos más allá de las fronteras y el comandante probablemente había caído en la capital. Solo estaba él esperando las estrellas en una casa al lado del mar. Suspiró con toda la resignación que pudo.
-Con o sin estrellas, me toca a mí.
Al día siguiente, muy temprano, se puso la camisa blanca del difunto José y se calzó sus viejas botas de guerra. Se afeitó como lo hacía antes, dejándose las patillas largas y guardó en uno de los bolsillos de su chaqueta el cigarro de la victoria del general Ortuño y en otro su pañuelo blanco, pero no se miró al espejo para no desanimarse.
Volvió a su hamaca blanca y le cantó algo muy dulce en voz baja, para que solo ella la oyera y supiera que aunque se fuera la amaba. Después se volvió hacia el mar, donde la mañana lo esperaba inquieta. Pero el comandante sonrió y tras inflar el pecho, chifló largo como nunca había chiflado, para que la mañana pudiera oírlo por siempre. Y tras unas palabras cariñosas, le prometió volver.
Encendió la cocina y le preparó el café a la señora, que venía de levantarse. Se sentó con ella a tomarse el café, y fue a buscar la canela para ponerle dos buenas cucharadas a su taza humeante. La señora lo miró con su cara de seriedad catedrática y el comandante tuvo miedo que le fuera a reclamar algo.
Pero la señora se acercó y le arregló el cuello de la camisa, que tenía desacomodado. Le pareció otra vez gallardo y apuesto, y le desempolvó los hombros de su chaqueta militar. Hasta le encontró de nuevo esa mirada de vencedor eterno que las semanas habían sepultado.
Juntó sus manos con alegría infantil bajo su barbilla y le dijo con una chispa de esperanza en los ojos:
- Usted es el comandante.
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