Mayo 2007
-Capitán, don Mario todavía sigue muerto. Yo le aviso si uno de estos días pregunta por usted.
El Capitán se asomó por sus gafas antidiluvianas algo decepcionado, pero lo aceptó como aceptaba todo y siguió con paso lento hacia la tumba de Mario. Ni le agradeció al guarda del gorro azul, ni le aceptó su oferta de acompañarlo. El camino lo conocía de sobra. Década y tanto de visitas a Mario le habían enseñado que los cementerios son museos perfectos: nadie mueve de aquí para allá las lápidas con sus blancos querubines. Acaso a veces eran renovados con un estilo macabro, cuando una caravana de llorosos a acomodaba un nuevo inquilino. Pero mientras afuera el mundo se desgarraba a sí mismo, el camino hasta la lápida de Mario seguía impecable.
“El polvo siempre será polvo” hubiese dicho Mario. Siempre tenía esas frases bíblicas a mano. Las iba escupiendo a discreción, cuando le parecía que cabía una y no había día que se salvara de sus refranes masticados hasta el cansancio.
Así se divertía en las partidas del primer martes del mes, mientras el Capitán pensaba su jugada. Mario movía rápido y se ufanaba de su prisa de aeropuerto, pero el Capitán había aprendido a pensar antes de actuar, de modo que recibía periódicamente pequeñas dosis de sabiduría pagana que el ingenio de Mario inventaba al vuelo. “El río perezoso nunca conoce el mar” o “Si los burócratas iniciaran una religión, te elegirían como su dios”. Los dos sabían que eran bastante malas, pero a ninguno le importaba realmente; Mario las decía para distraerse y el Capitán nunca llegó a oírlas.
Pero ese día en el cementerio, mientras buscaba a Mario, deseó haber puesto atención. “Has estado muy callado en esta última partida, Mario” pensó, “¿Será que ya te parece normal dieciséis años para una movida?”
El Capitán llegó temprano el jueves, para visitar a Mario con sus tres metros de tierra descansando sobre su pecho. Mario se sorprendió, porque el Capitán llegaba puntual los martes y los viernes. Hasta llegó a preguntarse si en realidad era jueves, porque con los años las costumbres son como el sol en la mañana. Pero más se había sorprendido el Capitán cuando vio a Mario a lo lejos. Parado allá, como si no debiera estar muerto, recogiendo las hojas que caían desde las jacarandas a hacer el amor con el pasto. Más humano y tangible que nunca, descansando sobre una lápida colosal, comprándole un poco de aliento al deber.
Se acercó con un gozoso “¡Mario Tamudo!”, y después no lograba entender las palabras del guarda, que respetuosamente se había quitado el gorro para intentar enmendar la situación.
El capitán no se había desilusionado tanto desde hacía muchos años, cuando aquellos muertos en las Catacumbas de Catalpa se negaron a hablarle. Pero siguió impasible hasta la tumba blanca de su amigo y bajó del jacaranda la silla plegable. Se sentó a su lado, como si no fuera jueves, hablando de lo mismo de todos los días: el gobierno corrupto, las promesas literarias, los nietos…
Los primeros meses, Mario le respondía de vez en cuando y para el Capitán bastaba. Pero siempre era lo mismo y Mario quería descansar, al menos ahora que estaba muerto. Cuando el Capitán se encontró hablando solo un día, apenas pudo encoger los hombros filosóficos. Llorando un poco porque entendió que el silencio era su condena a la soledad, siguió hablando solo, imaginando lo que hubiese dicho Mario.
Todos los martes y viernes de los últimos años había hecho lo mismo, garabateando las líneas de Mario en su cabeza. A veces creía escuchar una risa apagada a media anécdota, pero nunca supo con claridad si era real. Así sobrevivía el Capitán, con este diálogo a una voz.
-Ayer volví a ganar la partida del día que te mataron.
Aunque el Capitán creyó escuchar un tímido suspiro de alivio, Mario parecía no había respondido nada concreto. Sin embargo, el Capitán sabía que jamás lo hubiese aceptado hasta que las pruebas fueran irrefutables.
Mario Tamudo, el soñador, el altivo, el siempre triunfante, el presuroso, nunca hubiese aceptado la derrota. “Lo sé, Mario, pero así son las cosas” pensó el Capitán. Se arrugó un poco al asimilar que se acababa la partida, porque él tampoco se quería que acabara.
No había duda, por más que se hubiese afanado en hallarla. La noche que reencontró la movida, se había llevado la mano a la cara, buscando sus anteojos para limpiarlos. Los años, especialmente aquellos en que los políticos hacían su campaña, lo habían teñido un poco de cinismo.
Pero puestos de nuevo, el tablero seguía igual. Había examinado con ojos cansados cada ficha, hasta que terminó convenciéndose que todo estaba en orden. “Dieciséis años, tal vez haga récord mundial” pensó. Pero recordó la famosa partida que duró 21 años en un café de San Petersburgo y se conformó con pensar en el récord nacional.
-¿Quién lo hubiese dicho? El río sí llegó al mar.
Pero el Capitán no quería que acabara así tan insípidamente. La verdad es que no quería acabar la partida estando solo, así que no movió el caballo a E6. De hecho, no tocó ninguna pieza. Era la última conexión con Mario. Recordó de golpe aquella bolsita gris que Mario le había regalado setenta y tantos años atrás, con treinta y dos fichas adentro. “Cuidálas y respetálas. Estas saben más que nosotros” le había dicho.
-¿Sabés? Terminar esta partida me va a matar un poco.
Al recordarlo, las manos se le movieron inquietas por la boina gris. Las calmó dejándolas que le llevaran un habano a la boca, de los mismos que le gustaban a Mario. Había dejado uno a medias el día en que lo mataron. Le ofreció uno y como Mario siguió como ausente, supuso que allá donde estaba había mejores puros.
Esos habanos eran uno de los malos hábitos revolucionarios con que el Capitán había contagiado a Mario. El primero con los habanos fue el coronel Henrique Capablanca y de ahí para abajo todos los guerrilleros se encontraron de pronto con un puro en la boca. A ninguno lo mató el cáncer, como se dijo después, y el capitán, el último de todos, siguió fumándose las viejas historias a los ochenta años.
-Mario, no es justo.
Mario no debía de estar acurrucado en su cajón de roble, ni él debía de estar en una silla plegable bajo el jacaranda. De hecho, él debió haber muerto hace muchos años. Lo habían decidido todos juntos muchos años atrás, allá en su pueblito, cuando habían hablado del orden en que morirían. “Quiero ser el primero, para hablar con San Pedro y decirle maldades de todos ustedes” había dicho entre risas el Capitán. Pero uno a uno, había cargado con todos sus cuerpos en sus nidos de madera.
El día que mataron a Mario, estaba enfrascados en su partida del primer martes del mes. Estas partidas eran legendarias. Decían que una vez el Capitán dejó al teniente Silvano Dobles a cargo de un sitio, porque tocaba la partida con Mario. Pero ese día, ya el Capitán no era más que un veterano oxidado, con un monumento al final del Paseo América y un desfile el día de San Casimiro.
Le tocaba mover y lo atacaba uno de sus “estreñimientos mentales”, como decía en broma Mario. Por eso, cuando llamaron a la puerta, Mario se ofreció a abrir. “Usted haga lo que pueda, maestro. Yo atiendo” había dicho, buscando el camino hacia el portón de entrada.
Según testigos, un muchachillo imberbe vestido de café le había dado un paquete pequeño, envuelto en celofán blanco. La explosión en medio del gran patio español apabulló el grito triunfal que el Capitán soltó desde el cuarto de ajedrez. Encontró el mate justo cuando estalló el paquete. Lo único que quedó de Mario fue el medio habano que se estaba fumando en la partida.
El joven de café se entregó cuando leyó al día siguiente que había matado a Mario. Una vez en la comisaría, explicó que se había confundido de hombre: su plan era asesina al Capitán. Al saber esto, el Capitán pidió que no se levantaran cargos. Sabía que la angustia de un asesinato equivocado lo iba a atormentar más que unos años en Santa Clara.
Cuando regresó del funeral, cerró con llave el cuarto del ajedrez sin atreverse a acordarse del mate planeado. Quince años después, encontró las piezas tal como habían quedado la tarde que mataron a Mario. De casualidad, se había topado con la llavecita del cuarto olvidado cuando buscaba una moneda del Perú colonial. Pero salió espantado cuando se topó con el medio habano que seguía intacto.
Solo un par de meses después se planteó seriamente resolver la partida. Aunque no recordaba como ganar, sí se acordaba claramente que en algún momento lo había logrado. Durante dos meses comió, durmió y vivió en el cuartito del ajedrez, porque algo le decía que Mario ocupaba terminar la partida. Hasta que una noche, mientras la lluvia cantaba a coro con su techo de zinc, encontró la manera.
-Mirá, Mario. Hasta traje el tablero.
Y ahí estaba el tablero, igual que hacía dieciséis años. Las fichas, elegantemente enchalecadas de polvo, esperaban la orden de avanzar hacia la conquista, con el profesionalismo digno que solo dos ejércitos de caballeros podrían conocer.
Mario vio el tablero posado sobre él, y le entró un retortijón traicionero en el pecho frío. Pero se mordió los labios muertos para no decir nada y el Capitán interpretó el silencio como un reconocimiento de su derrota. El tablero estaba sobre la lápida blanca y entonaba perfectamente su colorcillo a tiempo y años con el ambiente inmutable del cementerio. Y el Capitán finalmente comprendió que lo único que le faltaba en la vida era mover ese caballo negro. Miró la partida con un poco de nostalgia, sin poder evitar sentir que moría un poco.
El caballo avanzó humildemente hasta E6, y el Capitán creyó ver la mirada de Mario en los ojos ciegos del Rey blanco. Cuando volvió a ver ya no estaba.
-Jaque mate, Mario. Más a mí que a vos.
-Capitán, don Mario todavía sigue muerto. Yo le aviso si uno de estos días pregunta por usted.
El Capitán se asomó por sus gafas antidiluvianas algo decepcionado, pero lo aceptó como aceptaba todo y siguió con paso lento hacia la tumba de Mario. Ni le agradeció al guarda del gorro azul, ni le aceptó su oferta de acompañarlo. El camino lo conocía de sobra. Década y tanto de visitas a Mario le habían enseñado que los cementerios son museos perfectos: nadie mueve de aquí para allá las lápidas con sus blancos querubines. Acaso a veces eran renovados con un estilo macabro, cuando una caravana de llorosos a acomodaba un nuevo inquilino. Pero mientras afuera el mundo se desgarraba a sí mismo, el camino hasta la lápida de Mario seguía impecable.
“El polvo siempre será polvo” hubiese dicho Mario. Siempre tenía esas frases bíblicas a mano. Las iba escupiendo a discreción, cuando le parecía que cabía una y no había día que se salvara de sus refranes masticados hasta el cansancio.
Así se divertía en las partidas del primer martes del mes, mientras el Capitán pensaba su jugada. Mario movía rápido y se ufanaba de su prisa de aeropuerto, pero el Capitán había aprendido a pensar antes de actuar, de modo que recibía periódicamente pequeñas dosis de sabiduría pagana que el ingenio de Mario inventaba al vuelo. “El río perezoso nunca conoce el mar” o “Si los burócratas iniciaran una religión, te elegirían como su dios”. Los dos sabían que eran bastante malas, pero a ninguno le importaba realmente; Mario las decía para distraerse y el Capitán nunca llegó a oírlas.
Pero ese día en el cementerio, mientras buscaba a Mario, deseó haber puesto atención. “Has estado muy callado en esta última partida, Mario” pensó, “¿Será que ya te parece normal dieciséis años para una movida?”
El Capitán llegó temprano el jueves, para visitar a Mario con sus tres metros de tierra descansando sobre su pecho. Mario se sorprendió, porque el Capitán llegaba puntual los martes y los viernes. Hasta llegó a preguntarse si en realidad era jueves, porque con los años las costumbres son como el sol en la mañana. Pero más se había sorprendido el Capitán cuando vio a Mario a lo lejos. Parado allá, como si no debiera estar muerto, recogiendo las hojas que caían desde las jacarandas a hacer el amor con el pasto. Más humano y tangible que nunca, descansando sobre una lápida colosal, comprándole un poco de aliento al deber.
Se acercó con un gozoso “¡Mario Tamudo!”, y después no lograba entender las palabras del guarda, que respetuosamente se había quitado el gorro para intentar enmendar la situación.
El capitán no se había desilusionado tanto desde hacía muchos años, cuando aquellos muertos en las Catacumbas de Catalpa se negaron a hablarle. Pero siguió impasible hasta la tumba blanca de su amigo y bajó del jacaranda la silla plegable. Se sentó a su lado, como si no fuera jueves, hablando de lo mismo de todos los días: el gobierno corrupto, las promesas literarias, los nietos…
Los primeros meses, Mario le respondía de vez en cuando y para el Capitán bastaba. Pero siempre era lo mismo y Mario quería descansar, al menos ahora que estaba muerto. Cuando el Capitán se encontró hablando solo un día, apenas pudo encoger los hombros filosóficos. Llorando un poco porque entendió que el silencio era su condena a la soledad, siguió hablando solo, imaginando lo que hubiese dicho Mario.
Todos los martes y viernes de los últimos años había hecho lo mismo, garabateando las líneas de Mario en su cabeza. A veces creía escuchar una risa apagada a media anécdota, pero nunca supo con claridad si era real. Así sobrevivía el Capitán, con este diálogo a una voz.
-Ayer volví a ganar la partida del día que te mataron.
Aunque el Capitán creyó escuchar un tímido suspiro de alivio, Mario parecía no había respondido nada concreto. Sin embargo, el Capitán sabía que jamás lo hubiese aceptado hasta que las pruebas fueran irrefutables.
Mario Tamudo, el soñador, el altivo, el siempre triunfante, el presuroso, nunca hubiese aceptado la derrota. “Lo sé, Mario, pero así son las cosas” pensó el Capitán. Se arrugó un poco al asimilar que se acababa la partida, porque él tampoco se quería que acabara.
No había duda, por más que se hubiese afanado en hallarla. La noche que reencontró la movida, se había llevado la mano a la cara, buscando sus anteojos para limpiarlos. Los años, especialmente aquellos en que los políticos hacían su campaña, lo habían teñido un poco de cinismo.
Pero puestos de nuevo, el tablero seguía igual. Había examinado con ojos cansados cada ficha, hasta que terminó convenciéndose que todo estaba en orden. “Dieciséis años, tal vez haga récord mundial” pensó. Pero recordó la famosa partida que duró 21 años en un café de San Petersburgo y se conformó con pensar en el récord nacional.
-¿Quién lo hubiese dicho? El río sí llegó al mar.
Pero el Capitán no quería que acabara así tan insípidamente. La verdad es que no quería acabar la partida estando solo, así que no movió el caballo a E6. De hecho, no tocó ninguna pieza. Era la última conexión con Mario. Recordó de golpe aquella bolsita gris que Mario le había regalado setenta y tantos años atrás, con treinta y dos fichas adentro. “Cuidálas y respetálas. Estas saben más que nosotros” le había dicho.
-¿Sabés? Terminar esta partida me va a matar un poco.
Al recordarlo, las manos se le movieron inquietas por la boina gris. Las calmó dejándolas que le llevaran un habano a la boca, de los mismos que le gustaban a Mario. Había dejado uno a medias el día en que lo mataron. Le ofreció uno y como Mario siguió como ausente, supuso que allá donde estaba había mejores puros.
Esos habanos eran uno de los malos hábitos revolucionarios con que el Capitán había contagiado a Mario. El primero con los habanos fue el coronel Henrique Capablanca y de ahí para abajo todos los guerrilleros se encontraron de pronto con un puro en la boca. A ninguno lo mató el cáncer, como se dijo después, y el capitán, el último de todos, siguió fumándose las viejas historias a los ochenta años.
-Mario, no es justo.
Mario no debía de estar acurrucado en su cajón de roble, ni él debía de estar en una silla plegable bajo el jacaranda. De hecho, él debió haber muerto hace muchos años. Lo habían decidido todos juntos muchos años atrás, allá en su pueblito, cuando habían hablado del orden en que morirían. “Quiero ser el primero, para hablar con San Pedro y decirle maldades de todos ustedes” había dicho entre risas el Capitán. Pero uno a uno, había cargado con todos sus cuerpos en sus nidos de madera.
El día que mataron a Mario, estaba enfrascados en su partida del primer martes del mes. Estas partidas eran legendarias. Decían que una vez el Capitán dejó al teniente Silvano Dobles a cargo de un sitio, porque tocaba la partida con Mario. Pero ese día, ya el Capitán no era más que un veterano oxidado, con un monumento al final del Paseo América y un desfile el día de San Casimiro.
Le tocaba mover y lo atacaba uno de sus “estreñimientos mentales”, como decía en broma Mario. Por eso, cuando llamaron a la puerta, Mario se ofreció a abrir. “Usted haga lo que pueda, maestro. Yo atiendo” había dicho, buscando el camino hacia el portón de entrada.
Según testigos, un muchachillo imberbe vestido de café le había dado un paquete pequeño, envuelto en celofán blanco. La explosión en medio del gran patio español apabulló el grito triunfal que el Capitán soltó desde el cuarto de ajedrez. Encontró el mate justo cuando estalló el paquete. Lo único que quedó de Mario fue el medio habano que se estaba fumando en la partida.
El joven de café se entregó cuando leyó al día siguiente que había matado a Mario. Una vez en la comisaría, explicó que se había confundido de hombre: su plan era asesina al Capitán. Al saber esto, el Capitán pidió que no se levantaran cargos. Sabía que la angustia de un asesinato equivocado lo iba a atormentar más que unos años en Santa Clara.
Cuando regresó del funeral, cerró con llave el cuarto del ajedrez sin atreverse a acordarse del mate planeado. Quince años después, encontró las piezas tal como habían quedado la tarde que mataron a Mario. De casualidad, se había topado con la llavecita del cuarto olvidado cuando buscaba una moneda del Perú colonial. Pero salió espantado cuando se topó con el medio habano que seguía intacto.
Solo un par de meses después se planteó seriamente resolver la partida. Aunque no recordaba como ganar, sí se acordaba claramente que en algún momento lo había logrado. Durante dos meses comió, durmió y vivió en el cuartito del ajedrez, porque algo le decía que Mario ocupaba terminar la partida. Hasta que una noche, mientras la lluvia cantaba a coro con su techo de zinc, encontró la manera.
-Mirá, Mario. Hasta traje el tablero.
Y ahí estaba el tablero, igual que hacía dieciséis años. Las fichas, elegantemente enchalecadas de polvo, esperaban la orden de avanzar hacia la conquista, con el profesionalismo digno que solo dos ejércitos de caballeros podrían conocer.
Mario vio el tablero posado sobre él, y le entró un retortijón traicionero en el pecho frío. Pero se mordió los labios muertos para no decir nada y el Capitán interpretó el silencio como un reconocimiento de su derrota. El tablero estaba sobre la lápida blanca y entonaba perfectamente su colorcillo a tiempo y años con el ambiente inmutable del cementerio. Y el Capitán finalmente comprendió que lo único que le faltaba en la vida era mover ese caballo negro. Miró la partida con un poco de nostalgia, sin poder evitar sentir que moría un poco.
El caballo avanzó humildemente hasta E6, y el Capitán creyó ver la mirada de Mario en los ojos ciegos del Rey blanco. Cuando volvió a ver ya no estaba.
-Jaque mate, Mario. Más a mí que a vos.
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