viernes, 12 de septiembre de 2008

La trepadora del Coronel

Abril 2007


El coronel tenía una humilde trepadora en su celda. Era una planta pequeña, pero tenaz, que luchaba a muerte con cada día para abrirse paso hacia el mundo. La regaba en la mañana y en la noche, con el agua que podía rescatar de la voracidad de su sed. La planta era agradecida y lo recompensaba de vez en cuando con una hoja nueva o un esfuerzo por crecer un par de pulgadas.

Algunos dicen que fue gracias a esa planta que el coronel mantuvo su cordura. Él mismo le decía a Hugo Moncada, un viejo conocido de la revolución, que la planta era como un pariente lejano. “Mirála Hugo, ¿la ves como busca el sol que entra a pocos? Es como yo.” Y se embolsaba una sonrisa en la cara. Hugo sabía que era una sonrisa fraccionada; mitad de orgullo por su trepadora, mitad de nostalgia por las que había visto de chiquillo en el jardín de su abuela. El coronel hablaba de esas trepadoras con sus manojos enormes de flores anaranjadas. A veces mencionaba unas que tenían pequeñas flores moradas, como moretes, pero esas le costaba mas recordarlas. Ahora solo tenía su tímida escaladora y el calor agobiante que se colaba por la ventana.

La pequeña trepadora iba con su andar de alpinista, pero lenta como el tiempo. También se iba deslizando en la mente del coronel. Él se dio cuenta un martes, cuando despertó a media noche sudando frío. Había tenido una pesadilla donde el celador hallaba la planta en su escondite tras la repisa y la deshojaba. Se levantó maniático a contar las hojas verdes y las nombraba de acuerdo al mes. 1,2,3 de abril. 1,2,3,4,5 de mayo… Hasta que contó las 27 se pudo dormir de nuevo.

La trepadora sabía lo que pasaba cada madrugada cuando arrancaban al coronel de su cama. Entonces se afanaba por lucir más bella para poder complacerlo cuando él volviera del salón de tortura. Pero el coronel llegaba exhausto de las sesiones y no tenía fuerzas para mover la repisa y saludarla. La planta entendía, porque sentía el aire vibrar de la angustia que encerraba el coronel derrumbado en su catre.

El coronel había sido un joven revolucionario. De tanto ser sumergido en agua fría tenía el pelo desteñido. De pasar horas aguantando interrogatorios se le habían instalado unas arrugas en la cara. Solo había mantenido su eterno abdomen como escondiéndose. Siempre decía que la dieta del revolucionario era tan mísera como la del preso. Se lo decía a la trepadora, porque ella escuchaba callada y parecía sostener en sus hojas una mirada de complicidad. “Vos entendés, ¿verdad? Esas cosas de poco alimento son casi familia nuestra”.

El gobierno del Libertador sabía que el coronel pertenecía al Estado Mayor revolucionario. Sabía que había liderado la columna principal en la Revuelta del 21 de abril. Sabía que el coronel guardaba tras esas cejas amplias muchos secretos. Y con una puntualidad temible, cada madrugada se lo llevaban para intentar extirparle claves y nombres que no lograban conseguir.

La madrugada del jueves 23 de agosto, la trepadora se despertó como de costumbre, a esperar al celador que no fallaba. El coronel le robaba los últimos minutos a las sábanas. Se escuchaba a lo lejos el ronquido tosco de los reos. La noche era la hora favorita de la trepadora. El aire perdía esa asfixia sofocante, porque cada preso olvidaba sus temores, su dolor, sus penas. Todos se entregaban al ebrio delirio de los sueños. Y así sucedía cada día, hasta que el carcelero llegaba a ladrar como loco y arrancar al coronel de su cama.

Pero la madrugada del jueves 23 de agosto la trepadora, desde su rincón oscuro tras la repisa, sintió que algo había cambiado. No llegó nadie a llevarse al coronel de su catre. No se escucharon pisotones apurados en los pasillos. La cárcel continuó su sueño, y también la trepadora volvió a su propia existencia, donde la oscuridad de su escondite la esperaba para seguir durmiendo.


El coronel no era un hombre tonto. Era más bien, un hombre bastante culto, que practicaba el inglés y el alemán. En la cárcel, para no perder el idioma, enseñaba el alemán a poquitos a Hugo Moncada. El inglés lo practicaba con la trepadora, que no entendía esa pronunciación arrastrada del coronel. Aprendió el alemán porque alguien le dijo que era el mejor idioma para la poesía. A veces, estiraba unos versos al aire, para complacer a la trepadora. A ella le gustaban esos poemas del coronel, con su rima hermosa al final de cada verso, como una cola de quetzal.

El coronel había conocido muchos libros. Uno de los libros que había leído era “Las mil y una noches”. De ahí se inspiró para hacer de Scherezada. Sabía que podría aguantar un año en el Penitenciario si diluía la información que tenía. Así comenzaba con pequeños fragmentos que dejaba inconclusos al finalizar una sesión. La trepadora no entendía esa estrategia del coronel, que igual sufría horriblemente cada madrugada, pero no preguntaba y se limitaba a escuchar y crecer para deleitarlo. El coronel fue tejiendo para sus captores una novela complicadísima. Cada cuatro o cinco sesiones, revelaba un poquito de información, pero de pronto se detenía como si hubiera enmudecido y no lograban arrancarle nada más. En esto el coronel fue más inteligente que otros de sus compañeros revolucionarios. El teniente Silvano Dobles había sido engañado. Le habían prometido que si hablaba lo liberaban, y habló. Unos días más tarde, una vieja que lavaba sus ropas en el río gritó horrorizada al ver un cadáver flotando acercarse a ella. Era el teniente Silvano Dobles, el cual ya no era de utilidad para el gobierno del Libertador. Así como el teniente Silvano Dobles, muchos confiaron ilusamente en las promesas de sus captores. Pero el coronel no desesperó, porque tenía una ventaja que no tenían los demás cautivos: no estaba solo, porque la trepadora lo escuchaba y se dolía con él.


Muchas veces el coronel había creado y recreado el día que acabaría la vida en la cárcel. Su familia lo esperaba en la entrada de la prisión. Habían escuchado en Radio Universal que el movimiento revolucionario había logrado ocupar el Palacio Presidencial. Las calles de la ciudad se reactivaban perezosamente al ritmo de los “¡Viva el comandante Feliciano López!”. La esposa del coronel, que conocía al comandante Feliciano López, iba a pedirle que atacara la cárcel y liberara a su esposo.

Un par de columnas a cargo del capitán Claudio del Barco eran enviadas al Penitenciario de Santa Clara y su orgulloso fortín caía en catorce minutos. Apenas escuchaba el lejano murmullo de la batalla, soltaba suavemente la trepadora de la pared y la acurrucaba en su pañuelo y con paso elegante encabezaba la columna de presos hacia la salida. Cuando los revolucionarios entraban al patio principal, encontraban a los reos alineados, saludo en mano, esperándolos. A la cabeza aguardaba el coronel, con su trepadora en un pañuelo blanco.

El capitán Claudio del Barco y el coronel se saludaban como viejos amigos que eran, y el coronel le colgaba un abrazo en los hombros. Se habían conocido desde chiquillos en su pueblo, donde junto con el comandante Feliciano López, soñaron en tener grandes desfiles y un monumento. Y ahora se reencontraban después de años de no verse.

La trepadora esperaba paciente en su improvisada cuna, mientras el coronel saludaba a su familia. En el trayecto a casa, él la rociaba con gotitas de agua que robaba a la lluvia. Hasta el clima parecía alegrarse, y las nubes regalaban una chaparrón amigo, que acariciaba la mano en carne viva del coronel.

Así se imaginaba el coronel que sería el día que la revolución venciera. Le había relatado muchas veces esa historia a su trepadora. Todo ya lo tenía planeado. Sabía que los soldados llevarían el uniforme azul noche de la revolución. Podía ver los años apiñados en arrugas sobre la cara del capitán Claudio del Barco. La trepadora escuchaba atenta, y se iba formando árboles genealógicos mentales de la familia del coronel, y sentía que el comandante Feliciano López era un viejo conocido, como Hugo Moncada o el puntual carcelero.

Fue por eso que la madrugada del jueves 23 de agosto, la trepadora, con sus veintisiete hojas y sus seis meses de vida, creyó que había llegado el día. El coronel también soñaba en su catre con la liberación. Arropado por la quietud de la cárcel, esa madrugada el coronel pudo disponer de calma para fantasear. Pero ni la trepadora se hubiera replegado a su rincón tan tranquila ni el coronel hubiera podido seguir aplanado en su catre si hubieran conocido la verdadera suerte del comandante Feliciano López y su revolución.


El jueves 23 de agosto, el coronel se despertó pasadas las ocho. Primero bostezó alegre por haber dormido con tanta calma, pensó en su sueño, y dejó que una sonrisa le trepara a la cara. Llevaba casi un mes de no soñar con su familia. Pero después se extrañó que el carcelero no lo hubiera ido a despertar esa madrugada. Hasta entonces nunca había fallado con su visita. Apenas pudo, fue a buscar a Hugo Moncada para comentar los hechos. Pero cuando llegó a su celda, la encontró ocupada por un nuevo inquilino. Se disculpó y regresó a contarle todo a la trepadora.

La trepadora lo escuchó, y se entristeció un poco. Le agradaba Hugo Moncada. Aunque no lo veía muy a menudo, era el único hombre que conocía aparte del coronel y el celador. El coronel se sentó en su catre, intentando aclararse la mente. La trepadora, que lo conocía bastante bien, sabía que tras esa frente arrugada maquinaba un motor enorme que ahora estaba intranquilo. Finalmente, el coronel se acostó en el catre, con las manos tras la cabeza y los ojos mirando el infinito. Allí se quedó hecho piedra, y la trepadora quiso ser enorme, para poder abrazarlo y hacerlo olvidar su aflicción.


Julio Bonilla era el informante entre los presos. Tenía un convenio con un guarda, de modo que le pasaban paquetes con comida y ropa. A cambio, la familia de Julio Bonilla depositaba mensualmente una cuota en la cuenta bancaria del guarda. Pero el guarda no sabía que escondido en el inocente queque que llegaba cada semana había una capsulita. Julio Bonilla abría el queque, sacaba la capsula y así se enteraba de lo que pasaba afuera de esas paredes grises.

El jueves 23 de agosto el guarda llegó a dejarle un paquete a Julio Bonilla. Él lo abrió, y encontró un gran queque de chocolate, con marcas de dedos en el lustre, porque al guarda le gustaba el chocolate que hacía su esposa. Cuando encontró la cápsula y leyó el mensaje, se encogió como un animal herido y se refugio en su catre. Miles de pensamientos pasaron por su cabeza, pero uno prevaleció sobre los demás: el coronel debía conocer el contenido de la cápsula sin tardanza.

Julio Bonilla no era un revolucionario romántico, pero como todos en el país, respetaba y emulaba a sus líderes. El solo nombre del coronel, del comandante Feliciano López o del capitán Claudio del Barco le ponía la carne de gallina. Esos eran los heroicos y casi míticos líderes de las gestas enormes de la Fila Oriental, de los que Julio Bonilla había escuchado hablar entre murmullos en más de una taberna de la ciudad. Y ahora era precisamente él, Julio Bonilla, el que debía darle al coronel la noticia más dura.

Se presentó a la celda del coronel y de inmediato la trepadora sintió su presencia. No conocía a ese hombre, pero algo en él le inspiraba confianza. El coronel estaba aún en el catre, pensando en Hugo Moncada y en su destino. Cuando llegó Julio Bonilla, el coronel abrió de golpe los ojos, porque el aire estaba lleno de un sentimiento de alerta que a él también se le había pegado a los párpados. Entonces Julio Bonilla le mostró al coronel el mensaje de la cápsula, y esas líneas botaron al coronel:

“Enfrentamiento entre revolucionarios y Gobierno. Comandante Feliciano López muerto, capitán Claudio del Barco desaparecido. Gobierno celebra victoria sobre la revolución”.

El coronel entonces se echó en su catre y así permaneció. Julio Bonilla entendió y se recostó al marco de la puerta, esperando. La trepadora sintió la respiración entrecortada del coronel. Sabía que estaba pensando en el comandante Feliciano López, su amigo de la infancia, su compañero de juventud, su hermano de toda la vida. Finalmente, el coronel se incorporó y garabateó unas cuantas palabras en un papel, susurró algo al oído de Julio Bonilla y le dio el papel doblado. Julio Bonilla comenzó a caminar despacio hacia atrás, con una mirada de melancolía en los ojos, y una mueca de despedida en algún lugar de la cara.

Cuando quedaron solos, el coronel fue a saludar a su trepadora. Entonces le contó lo que él creía que iba a pasar. Según dijo, el Gobierno iba a dar por sentado que la revolución había muerto, ya que sus tres líderes, el comandante Feliciano López, el coronel y el capitán Claudio del Barco estaban neutralizados. Entonces ya no les servía de nada el coronel y en algún momento llegaría el carcelero a llevárselo, pero esta vez no volvería. Se lo dijo entre susurros, como si hablar bajito hiciera menos real la situación. Le pidió a la trepadora que no se echara a morir, que tuviera esperanza, porque aunque él ya no podría, algún día ella iba a poder ir, por los dos, a ese mundo tras los barrotes.

El carcelero llegó puntual la siguiente madrugada, mientras la cárcel entera dormía. El coronel estaba sentado en el catre esperándolo, sus ojos en la oscuridad parecían dos gotas de luz. Estaba todo vestido de blanco, con ropa que le había prestado Julio Bonilla, porque el coronel siempre había querido morir vestido de blanco. Lo último que la trepadora escuchó de boca del coronel fue lo que dijo al carcelero cuando iba saliendo: “Vamos, salgamos de esto rápido”.


Después de que el comandante Feliciano López cayera en los llanos de Agua Blanca, el país entero se estremeció. El gobierno del Libertador no pudo evitar que la noticia se filtrara hasta la prensa clandestina y desde allí, se colara entre rendijas mínimas hasta cada ciudadano. Mientras en la ciudad el pueblo lloraba al comandante y preparaba su venganza, en los llanos el capitán Claudio del Barco reapareció y tomó las riendas de la revolución.

La capital cayó. El asedio del capitán Claudio del Barco y la presión del pueblo rompieron las filas del brutal ejército del Libertador. La familia del coronel, que aún no sabía de su muerte, escuchó la noticia por Radio Universal y fue a solicitarle al capitán Claudio del Barco que tomara por asalto el Penitenciario de Santa Clara. Pero el capitán Claudio del Barco había recibido una última carta del coronel por intermedio de un valiente joven apellido Bonilla, y sabía que el coronel no había sobrevivido. Pero igual debía de atacar la cárcel.

Se puso al frente de un par de sus columnas y atacó el presidiario. El orgulloso fortín cayó, como había planeado el coronel, en catorce minutos, y varios cientos de soldados uniformados de azul noche penetraron al patio interior. No encontraron a nadie esperándolos. El capitán Claudio del Barco ordenó revisar celda por celda y sacar a aquellos prisioneros políticos que el Libertador había encarcelado. Solo ochenta y cuatro reos se alinearon en el patio y saludaron al capitán, que personalmente visitó la celda que había pertenecido al coronel y que ahora se encontraba vacía.

Llegó y corrió la repisa del fondo, siguiendo las instrucciones de la carta que mandó el coronel, y encontró una planta marchita y a punto de morir. La trepadora del coronel había resistido poco más de dos meses, robándole a setiembre y a octubre gotitas de lluvia que se colaban por la ventana. En su terquedad, se resistía a secarse por completo, pues recordaba que el coronel le había pedido que no se echara a morir. El capitán Claudio del Barco la miró con los mismos ojos que la había visto el coronel todos los días y sintió que no podía más. Se sentó en el pequeño catre de la celda, como había hecho el coronel cuando no encontró a Hugo Moncada y lloró de amargura. Lloró por el comandante Feliciano López, por el coronel, por la soledad de los que llegan hasta el final mientras sus amigos quedan en el camino. La trepadora reconoció en el llanto de ese hombre un poquito de su amado coronel y le pareció que era el mismo coronel quien lloraba en el catre mugriento.

El capitán se tranquilizó y soltó suavemente a la trepadora de la pared. Ella ni se quejó. La guardó en un pañuelo blanco, como tantas veces soñó el coronel. La trepadora se dejó llevar y fue feliz, porque entendió que él era como hermano del coronel que tanto amó. Pero el capitán Claudio del Barco fue aún más feliz, porque sabía que en la cuna de sus manos sostenía más que una trepadora de veintisiete hojas. Cuando regresó al patio principal, uno de sus compañeros se le acercó y le preguntó qué llevaba en ese pañuelo blanco. El capitán Claudio del Barco dejó de sentirse solo y fue de nuevo alegre al responder.

-Un pedazo del coronel-.

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